GESTOS ALGORÍTMICOS (V)–una visión de la IA en las artes plásticas–
Andrea Zamora Mennigke y Álvaro Zamora
Nota: estas reflexiones sobre IA en las artes plásticas se ofrecen aquí en cinco entregas consecutivas. Han sido elaboradas por los autores a partir de los planteamientos desarrollados por ellos para una Aula Encendida de AICA-Costa Rica, realizada en octubre del año 2026. En dicha actividad también se ha hecho referencia a tópicos que no han sido incluidos en esta columna. Nuestra visión, lejos de agotar problemática tan compleja, solo pretende iluminar su riqueza, invitar a investigar sobre su actualidad, sus posibilidades y, asimismo, reflexionar sobre sus implicaciones en la organización cultural, en la ética, en la productividad y el impacto de la IA sobre la vinculación de la fuerza de trabajo y los medios de trabajo en las artes.
Note: these reflections on AI in the visual arts are presented here in five consecutive installments. They have been developed by the authors based on ideas they originally formulated for an Aula Encendida (an “Enlightened Classroom” session) organized by AICA-Costa Rica in October 2026. That event also touched upon topics not included in this column. Far from exhausting such a complex subject, our perspective aims only to shed light on its richness, to encourage further inquiry into its current state and potential, and to reflect on its implications for cultural organization, ethics, and productivity—as well as the impact of AI on the relationship between the workforce and the means of production within the arts.
QUINTA ENTREGA

Dos consideraciones finales
No pretendemos concluir y menos resolver planteamientos tan complejos como los mencionados, sino abrir ventanas a la discusión de los mismos. Proponemos dos consideraciones como bases para conversar; pero ustedes deciden si desean levar anclas desde otro puerto.
-Primera: la incorporación de la inteligencia artificial confirma que la cultura no es un organismo inmóvil. Las prácticas artísticas se transforman cuando aparecen nuevos medios, nuevas instituciones y nuevas formas de circulación. La IA no destruye automáticamente las artes plásticas, pero sí obliga a reconsiderar algunas de sus fronteras: entre proyecto y ejecución, entre autoría y selección, entre obra y proceso, entre destreza y concepto. Quienes sentimos apego por ciertas prácticas tradicionales debemos reconocerlo sin convertirlo en argumento suficiente contra la transformación. La cuestión es si queremos que las nuevas posibilidades se abran como opciones o que terminen imponiéndose como norma.
-Segunda: los sistemas de IA pueden resolver problemas formales con una eficacia que sería torpe negar y absurdo combatir o tratar de imitar de forma convencional o, si se prefiere, mediante el estilo tradicional. Esos sistemas pueden ayudar a quienes carecen de determinadas destrezas, ampliar el repertorio de formas y facilitar procesos antes inaccesibles. Pero la responsabilidad de dotar esas formas de una orientación crítica, ética y poética no debería abandonarse sin examen y merced a criterios espurios. Usamos el condicional debería pues queremos pensar –no sin lo que algunos calificarán como actitud anacrónica– que el uso de la IA en el arte ha de plantearse como posibilidad, aunque no negamos el temor de que la lógica comercial convierta esa posibilidad en mandato. Tal vez el desafío no consista en decidir de una vez si la máquina es artista, sino en evitar que nosotros renunciemos a la responsabilidad de juzgar qué hacemos con ella. Una herramienta puede ampliar la imaginación; también puede adormecerla. Puede funcionar como espejo crítico de nuestra cultura o devolvernos, multiplicados, los hábitos y prejuicios que ya dominaban nuestra mirada.
No pretendemos cerrar la discusión; preferimos dejar planteada una pregunta: cuando una imagen algorítmica nos deslumbra ¿estamos ante una nueva posibilidad de la creación o ante la eficacia de un sistema que aprendió a producir aquello que el mercado y nuestros ojos ya estaban preparados para premiar?
La respuesta no será siempre la misma. Pero, si dejamos de formular la pregunta, el algoritmo y el mercado podrán responder por nosotros. Las futuras generaciones de artistas plásticos deberían evitar ser asimiladas de forma dócil por la estandarización del código y, en su lugar, estar dispuestas a utilizar el sistema algorítmico como un espejo crítico y emancipador de la propia cultura.
Referencias Bibliográficas
Harari, Y. (2024) Nexus: Una breve historia de las redes de información desde la Edad de Piedra hasta la IA(trad. J. Ros). Debate.
Hintze, A. (2016). Understanding the four types of AI, from reactive robots to self-aware beings. The Conversation. https://theconversation.com/understanding-the-four-types-of-ai-from-reactive-robots-to-self-aware-beings-67616
Ladrière, J. (1977). El reto de la racionalidad: La ciencia y la tecnología frente a las culturas. Ediciones Sígueme / UNESCO. https://seleccionesdeteologia.net/assets/pdf/075_05.pdf
Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). (2024). Artificial intelligence and art: a decisive moment? El Correo de la UNESCO. https://courier.unesco.org/en/articles/artificial-intelligence-and-art-decisive-moment
Universitat Oberta de Catalunya (UOC). (2025). La inteligencia artificia frente al arte y los derechos de autor. UOC News. https://www.uoc.edu/es/new
Zamora, Á et al. (2004) Tecnología: el otro laberinto. LUR.
GESTOS ALGORÍTMICOS (IV)–una visión de la IA en las artes plásticas–
Andrea Zamora Mennigke y Álvaro Zamora
Nota: estas reflexiones sobre IA en las artes plásticas se ofrecen aquí en cinco entregas consecutivas. Han sido elaboradas por los autores a partir de los planteamientos desarrollados por ellos para una Aula Encendida de AICA-Costa Rica, realizada en octubre del año 2026. En dicha actividad también se ha hecho referencia a tópicos que no han sido incluidos en esta columna. Nuestra visión, lejos de agotar problemática tan compleja, solo pretende iluminar su riqueza, invitar a investigar sobre su actualidad, sus posibilidades y, asimismo, reflexionar sobre sus implicaciones en la organización cultural, en la ética, en la productividad y el impacto de la IA sobre la vinculación de la fuerza de trabajo y los medios de trabajo en las artes.
Note: these reflections on AI in the visual arts are presented here in five consecutive installments. They have been developed by the authors based on ideas they originally formulated for an Aula Encendida (an “Enlightened Classroom” session) organized by AICA-Costa Rica in October 2026. That event also touched upon topics not included in this column. Far from exhausting such a complex subject, our perspective aims only to shed light on its richness, to encourage further inquiry into its current state and potential, and to reflect on its implications for cultural organization, ethics, and productivity—as well as the impact of AI on the relationship between the workforce and the means of production within the arts.
CUARTA ENTREGA
Tres casos para poner el debate a prueba
Los argumentos generales ganan precisión cuando se los confronta con obras y prácticas concretas.
No todos los artistas que recurren a la inteligencia artificial hacen lo mismo. Generar una imagen con IA no equivale a incorporar esa tecnología en el proceso productivo de una instalación o a que el usuario de la IA utilice obras ajenas para entrenarla. Tres casos permiten ver esas diferencias sin convertirlos en pruebas definitivas a favor o en contra de la tecnología. Refik Anadol: datos que se vuelven entorno visual. En Unsupervised, presentado en el MoMA de Nueva York, trabaja con datos digitales vinculados a la colección del museo, para producir imágenes cambiantes. Sougwen Chung trabaja la gestual humana mediante lo que considera como colaboración mutua entre ella y un sistema robótico. Stephen Thaler utiliza una máquina de creatividad autónoma (DABUS) creada por él para producir imágenes digitales a partir de imágenes reales.

Anadol trabajó con datos digitales vinculados a la colección del museo, a fin de producir imágenes cambiantes, cuya apariencia resultara fluida y, a la vez, envolvente e inmensa. El resultado no consistió simplemente en ilustrar una colección: transformó además un archivo institucional en un flujo audiovisual que el espectador puede percibir como ambiente. El interés estético está vinculado, entonces, a esa traducción, a la escala y a la experiencia perceptiva. Sin embargo, cabe preguntar también qué parte de la propuesta corresponde al artista, cuál al sistema y que función cumple el prestigio de la institución que ese exhibe. Evidentemente, ese caso no resuelve el debate sobre la autoría: lo vuelve visible.
La investigadora Sougwen Chung, considerada como pionera en el ámbito de lo que ahora se considera colaboración entre humanos y máquinas, procura que en sus obras se amalgamen el gesto humano y la respuesta robótica. En sus proyectos, Chung pone en relación sus propios trazos con los movimientos de un brazo mecánico que produce marcas sobre el soporte. Ahí la tecnología no aparece solo como generadora de una imagen terminada; también entra en el proceso y modifica la acción de la artista. Inversa y complementariamente, ella responde a lo que el dispositivo robótico hace. La noción de colaboración resulta sugerente, aunque no nos obliga a reconocer o atribuir a la máquina una intención o experiencia humana. Nos obliga –eso sí– a reconsiderar dónde situamos el gesto creador: en la mano, en el diseño del dispositivo, en la interacción o en la decisión de convertir esa interacción en obra. Con otras palabras, la IA aplicada en artes plásticas regurgita, con novedosos colores y variantes, el viejo problema de la relación entre los medios de trabajo y la fuerza de trabajo; una problemática que –como bien mostró el paso del régimen gremial al industrial en la Revolución Industrial del s. XVII– tiene implicaciones profundas en todos los ámbitos de la cultura
Si se piensa en lo derechos de autor, ha de plantearse que la obra generada por IA también tiene una historia de producción. El conflicto no empieza cuando aparece una imagen generada, sino antes: en los materiales con que se entrenan los modelos y en las condiciones bajo las cuales se obtuvieron.
Artistas y titulares de derechos cuestionan que sus obras se utilicen sin consentimiento, atribución o compensación. Algunas empresas (p.ej.: Meta Platforms, Anthropic, OpenAI, NVIDIA e incluso Google) por su parte, invocan argumentos relacionados con el análisis de datos y el uso transformativo.
No existe una respuesta jurídica única para todos los países ni para todas las circunstancias. Conviene, en este punto, distinguir dos asuntos que suelen confundirse: el derecho a utilizar obras para entrenar un sistema y la protección autoral del resultado producido con ese sistema. En Estados Unidos, la orientación de la Oficina de Derecho de Autor exige una contribución humana suficiente para proteger los elementos de una obra; eso no significa que toda pieza realizada con IA quede automáticamente fuera de protección, sino que deben examinarse las aportaciones humanas concretas.
Otro caso que merece atención aquí es el de DABUS (Device for the Autonomous Bootstrapping of Unified Sentience). Se trata de un dispositivo desarrollado por Stephen Thaler y presentado como una máquina de creatividad autónoma, que está basada en llamado caos neuronal. Ese concepto –caos neuronal– denota un proceso que introduce ruido matemático y perturbaciones en las capas ocultas (hidden layers) de las redes neuronales artificiales. La finalidad consiste en violentar los patrones de datos de tales redes y forzarlas a desarrollar, de forma automática y autónoma, ideas (o soluciones) novedosas. El trabajo de Thaler resulta innovador pues, a diferencia de la IA basada en probabilidades estadísticas (como los sistemas de lenguaje), él usa el caos como simulador de procesos cuasi-biológicos de pensamiento e improvisación.
Esa tecnología posa el debate sobre la posibilidad de que una máquina figure legalmente como inventora en solicitudes de patente. Aunque en su contra ya se han pronunciado las oficinas de patentes de Europa y Estado Unidos, pareciera difícil presentar a la máquina como si realmente pudiera resolver, por sí sola, todas las controversias sobre arte y derechos de autor. Pero
Estos ejemplos devuelven la discusión a nuestro punto de partida. La IA puede producir experiencias visuales novedosas y alterar el modo de trabajar; eso no elimina las preguntas sobre intención, criterio, responsabilidad y poder económico. Tampoco basta con declarar que una obra es humana o algorítmica para juzgarla. Importa examinar qué decisiones se tomaron, qué se hizo posible y qué relaciones de trabajo y apropiación sostienen el resultado. Con Ladrière diríamos que el problema de autoría y derechos ya no puede verse con ojos ni criterios del pasado
A los casos citados se podrían agregar otros, seguramente, porque la IA utilizada en el arte se abre a usos diversos. Importante aquí es señalar que, precisamente por esa potencialidad, la IA resemantiza una idea que actualiza el criterio de Jean Ladrière: la tecnología abre posibilidades, pero no decide por nosotros cuáles merecen ser defendidas.
GESTOS ALGORÍTMICOS (III)–una visión de la IA en las artes plásticas–
Andrea Zamora Mennigke y Álvaro Zamora
Nota: estas reflexiones sobre IA en las artes plásticas se ofrecen aquí en cinco entregas consecutivas. Han sido elaboradas por los autores a partir de los planteamientos desarrollados por ellos para una Aula Encendida de AICA-Costa Rica, realizada en octubre del año 2026. En dicha actividad también se ha hecho referencia a tópicos que no han sido incluidos en esta columna. Nuestra visión, lejos de agotar problemática tan compleja, solo pretende iluminar su riqueza, invitar a investigar sobre su actualidad, sus posibilidades y, asimismo, reflexionar sobre sus implicaciones en la organización cultural, en la ética, en la productividad y el impacto de la IA sobre la vinculación de la fuerza de trabajo y los medios de trabajo en las artes.
Note: these reflections on AI in the visual arts are presented here in five consecutive installments. They have been developed by the authors based on ideas they originally formulated for an *Aula Encendida* (an “Enlightened Classroom” session) organized by AICA-Costa Rica in October 2026. That event also touched upon topics not included in this column. Far from exhausting such a complex subject, our perspective aims only to shed light on its richness, to encourage further inquiry into its current state and potential, and to reflect on its implications for cultural organization, ethics, and productivity—as well as the impact of AI on the relationship between the workforce and the means of production within the arts.
TERCERA ENTREGA
Generación: músculo, imágenes y lenguaje
El núcleo interpretativo de Ladrière en que nos hemos inspirado radica en que la tecnología altera de forma irreversible y total a las culturas. Genera con ello problemas nuevos y formula –correlativa o dialécticamente– sus respectivas respuestas de sentido.
En este punto aparece, a nuestro juicio, el núcleo de la discusión. La IA puede ser extraordinariamente eficaz al resolver ciertos problemas formales: calcular una estructura, producir variaciones de una composición, explorar distribuciones espaciales o proponer soluciones para configurar eficientemente una forma tridimensional. Esa eficacia depende del problema, de los datos y de los criterios empleados. No es, simplemente, una omnipotencia tecno-matemática. Pero incluso con esa cautela, el contraste con nuestras viejas expectativas sobre el arte resulta significativo.
El arte no se limita a resolver problemas previamente formulados; es más, ni siquiera se debe definir en esos términos. Como sucede en otras actividades humanas, a veces se hace visible que un reto o problema artístico estaba mal planteado; otras, se introduce una inquietud que no sabíamos reconocer, o simplemente se vuelve extraña una vieja costumbre, se descubre una contradicción o cambia la forma en que una sociedad se representa a sí misma. En nuestra encrucijada histórica, la IA se sitúa en el meollo de tal problemática.
La obra de arte no siempre se ofrece como una respuesta o alternativa para algo, aunque siempre puede alterar las preguntas disponibles en determinado contexto o lugar. En ese sentido, la creación artística coadyuva en la apertura de fisuras en lo que socialmente parecía obvio. Pero ahora debemos preguntarnos: ¿puede un sistema generativo participar en ese proceso? Interrogante álgida parece esa. Nos parece prematuro clausurarla con una afirmación absoluta.
Por otra parte, resulta evidente que todo sistema puede producir combinaciones inesperadas, hacer visibles relaciones que el usuario no había previsto o contribuir a que surjan nuevas preguntas. Digámoslo: es precisamente ese tipo de problemas lo que ha movido el interés de esta Aula Encendida; lo que nos ha convocado en este lugar.
Que la IA pueda considerarse como una especie de actor en un nuevo procesos histórico de las artes no significa que experimente la crisis histórica, el dolor o la finitud que puede poner en juego.
La diferencia entre producir una forma perturbadora y padecer aquello que esa forma expresa sigue siendo más humanamente relevante que filosóficamente comprensible, aunque no se resuelvan todos los debates sobre la originalidad y derechos de autoría debidos a su utilización.
Queremos en este punto formular provisionalmente una hipótesis: la persona introduce –o reconoce– una crisis de sentido pero, aunque en un primera acercamiento pareciera que el nuevo sistema productivo solo amplía el campo de sus posibles configuraciones materiales y formales, la realidad es que también altera, de forma profunda, los criterios de valoración y, con ello, todas las prácticas artísticas (y culturales) coetáneas.
La relación que ello supone no siempre será tan ordenada. A veces la herramienta desencadenará la idea; de cuando en cuando la idea dirigirá a la herramienta; en otras ocasiones, seguramente, el resultado nos obligará a revisar el proyecto inicial. La colaboración –llamémosla así, analógicamente y de forma provisional– puede ser real sin que por ello debamos atribuir a la máquina una experiencia humana del sentido.
Seguramente el mercado definirá como valioso un objeto por razones que poco tienen que ver con lo que, con Heidegger, llamaremos poiesis. Al mercado no le importa la belleza en si ni el arte en tanto tal. Prefiere el objeto insólito, una imagen espectacular o una provocación calculada en tanto pueden adquirir notoriedad y precio. La IA podría multiplicar esa lógica, aunque no sea su origen.
Aquí vuelve a cobrar importancia la advertencia kantiana: el juicio estético no se deja reducir a un cálculo científico. La eficacia de un procedimiento no decide, por sí misma, el valor de una obra.
Implicaciones multidimensionales
La velocidad de la implantación algorítmica ha rebasado las estructuras institucionales del arte, provocando fricciones en varios niveles estructurales. Por eso, las consecuencias de la IA no se limitan al taller ni a la discusión sobre el gusto; ni siquiera a la generación de hechos o actividades externas pero vinculadas necesariamente con el arte, como es el caso de esta actividad de AICA-Costa Rica.
Los efectos del la IA en el contexto del arte también atañen a las condiciones de trabajo, la autoría y la circulación de imágenes.
Los modelos generativos se entrenan con grandes conjuntos de datos, y el uso de obras protegidas sin consentimiento, atribución o compensación ha suscitado conflictos entre artistas, empresas y titulares de derechos.
La discusión no puede reducirse a la idea de que toda utilización de una obra para entrenar un modelo es idéntica, ni a la conclusión opuesta de que la innovación tecnológica vuelve irrelevante el derecho de los creadores.
Hay cuestiones diferentes que conviene no confundir: qué materiales se utilizaron para entrenar un modelo; si ese uso está permitido por la legislación aplicable, y si un resultado reproduce o imita de manera problemática una obra o un estilo; y asimismo, qué intervención humana puede reconocerse en la obra terminada
Las respuestas varían según la jurisdicción y los hechos concretos. En Estados Unidos, por ejemplo, las decisiones y orientaciones sobre la protección de resultados generados con IA han insistido en la importancia de la autoría humana. Pero no se considera que deba transformarse esa orientación en una regla simplista que resuelva todos los casos. En Europa, las obligaciones de transparencia y las reglas de propiedad intelectual forman parte de un marco normativo más amplio y en evolución; no equivalen a una solución universal del conflicto.
Lo que está en juego es también económico. Si las obras de miles de creadores contribuyen a sistemas comerciales capaces de generar imágenes en segundos, mientras esos creadores no tienen capacidad efectiva para conocer, autorizar o negociar el uso de sus trabajos, cabe hablar de un problema de asimetría y de posible desposesión sistemática.
Esa expresión –desposesión sistemática– puede servirnos para denotar fenómeno tan complejo, pero siempre y cuando no se use como una etiqueta que sustituya el análisis y la crítica de las condiciones que lo hacen posible.
Conviene en este punto mencionar herramientas defensivas (del abuso en cuanto a utilización de IA) como Glaze y Nightshade. No hacen exactamente lo mismo: Glaze busca dificultar la imitación automatizada de un estilo; Nightshade pretende perturbar el aprendizaje de modelos mediante datos manipulados. Las mencionamos aquí porque, desde la perspectiva de Ladrière se trataría de respuestas técnico-tecnológicas a un conflicto que también es jurídico, económico y político. No conviene presentarlas como escudos infalibles, sino como indicios de que la comunidad artística no acepta pasivamente las condiciones en que se desarrolla esta transformación.
Las regulaciones, por importantes que sea o parezcan, no resolverán por sí sola el problema estético. Una obra podrá ser legal y a la vez trivial; una imagen puede haber sido generada con procedimientos legítimos y carecer de interés artístico.
La crítica de arte no puede eludir la justicia cuando intenta aprehender, analizar y juzgar las condiciones de producción. Por eso debemos mantener juntas ambas preguntas: ¿qué valor tiene lo que vemos? y ¿bajo qué relaciones de trabajo, apropiación y poder llega la obra de arte a existir y a circular?
GESTOS ALGORÍTMICOS (II)–una visión de la IA en las artes plásticas–
Andrea Zamora Mennigke y Álvaro Zamora
Nota: estas reflexiones sobre IA en las artes plásticas se ofrecen aquí en cinco entregas consecutivas. Han sido elaboradas por los autores a partir de los planteamientos desarrollados por ellos para una Aula Encendida de AICA-Costa Rica, realizada en octubre del año 2026. En dicha actividad también se ha hecho referencia a tópicos que no han sido incluidos en esta columna. Nuestra visión, lejos de agotar problemática tan compleja, solo pretende iluminar su riqueza, invitar a investigar sobre su actualidad, sus posibilidades y, asimismo, reflexionar sobre sus implicaciones en la organización cultural, en la ética, en la productividad y el impacto de la IA sobre la vinculación de la fuerza de trabajo y los medios de trabajo en las artes.
Note: these reflections on AI in the visual arts are presented here in five consecutive installments. They have been developed by the authors based on ideas they originally formulated for an *Aula Encendida* (an “Enlightened Classroom” session) organized by AICA-Costa Rica in October 2026. That event also touched upon topics not included in this column. Far from exhausting such a complex subject, our perspective aims only to shed light on its richness, to encourage further inquiry into its current state and potential, and to reflect on its implications for cultural organization, ethics, and productivity—as well as the impact of AI on the relationship between the workforce and the means of production within the arts.
SEGUNDA ENTREGA
Ejemplos de taller
La IA ha sido infiltrada en los talleres y galerías de artes plásticas. No hablamos solo de un pincel automatizado ni de alguna especie de gubia ficticia, sino de dispositivos co-creadores discursivos que, por ejemplo, fracturan los métodos de producción; se trata de: GANs (es decir, pintura y dibujo generativos), escultura y modelado tridimensional, instalaciones inmersivas y arte. Las referimos brevemente.
–Pintura y dibujo generativo (GANs): los creadores ya no solo pueden aplicar pigmentos sobre un determinado soporte físico, como sucedía anteriormente con la pintura (aunque mutatis mutandis esa modalidad analógica pueda aplicarse a otras formas de expresión, como las instalaciones, etc.). Hoy pueden diseñar o manipular prompts (instrucciones verbales detalladas) o entrenar modelos propios, para diseñar mediante arquitecturas neuronales para destilar un imaginario estético abstracto o hiperrealista. Por ejemplo, plataformas como Midjourney y DALL-E pueden sustituir el espectro de la luz física por un mapeo semántico del lenguaje.
–Escultura y modelado tridimensional: se trata algoritmos de optimización topológica y diseño generativo, los cuales permiten a los escultores (o, mejor sería hoy decir: a los artistas que incursionan en la producción de arte tridimensional) computar formas volumétricas que desafían las leyes de la física y de la estática que ya se considera, por inclinación ideológica, de moda o incluso como forma sutil de descalificación: arte tradicional. Esas estructuras complejas son posteriormente materializadas mediante manufactura aditiva (impresión 3D de resina, hormigón o metal) o mediante brazos robóticos de fresado industrial, los cuales pueden esculpir bloques de mármol o de madera guiados por el software.
–Instalaciones inmersivas y arte relacional: la IA actúa en entornos museísticos recopilando variables del espacio físico (ruido, temperatura, flujos de espectadores a través de sensores IoT) y traduciendo este flujo caótico de datos en proyecciones visuales u objetuales mutables en tiempo real, estableciendo un diálogo directo entre el espectador y la obra.
Desestructuración y posibilidad

En su diagnóstico del impacto de la tecnología sobre la cultura, Ladrière evita lo que suele llamarse tecnofilia o –quizá más certeramente– tecnofanatismo, es decir el entusiasmo excesivo e incluso ingenuo pero desproporcionado por las tecnologías emergentes.
El análisis ladrieliano se puede aplicar, entre otras cosas, a dos fuerzas simultáneas que configuran el ecosistema artístico de hoy: una es negativa, pues se presenta cual contradicción frente a lo existente, Mutatis mutandis tómese como ejemplo el hecho de que la medicina tecnológica contradice o niega la capacidad curativa del chamanismo.
De forma curiosa, en esa especie de negación se engendra algo positivo: la tecnología brinda, positivamente, medios tan nuevos como eficaces para llenar el espacio de aquellas técnicas o prácticas que rompe o pone en desuso.
Ciertamente, la IA puede debilitar prácticas y valores que merecen ser defendidos; pero también puede ampliar las posibilidades de quienes antes estaban limitados por la falta de destreza técnica, de recursos o de acceso a determinados medios. Sin que se entienda en esto una verdad de Perogrullo, conviene reconocer en este ámbito algo crucial: una posibilidad no obliga a celebrarla, del mismo modo que reconocer un peligro no obliga a prohibirla.
El primer efecto sobre el que nos interesa aquí llamar la atención es la desestructuración del oficio. En la pintura, la talla o el modelado tradicionales, el artista aprende a trabajar con la resistencia de los materiales, a corregir errores y a reconocer posibilidades que no estaban previstas al comenzar. La destreza no es solamente un medio para ejecutar la idea a la que se pretende dar estatuto de obra de arte: a menudo, la idea se transforma durante el trabajo.
La materia responde, la mano descubre, el accidente obliga a mirar de nuevo. Si una parte de ese proceso se sustituye por cálculo y generación automatizada –es decir, por procesos evidentemente instrumentales– debemos preguntarnos si no desaparece necesariamente la creación como tal. Lo incuestionable pareciera ser que cambia la relación entre proyecto, ejecución y descubrimiento.
Sería iluso sostener que toda obra manual posee una profundidad que falta a la obra digital. La historia del arte ofrece suficientes ejemplos para desconfiar de semejante romanticismo.
Pero también sería ingenuo suponer que el oficio es un obstáculo prescindible y que toda dificultad técnica debe considerarse una barrera que la innovación debe intentar eludir o sustituir. A veces, la resistencia de un material forma parte de lo que podemos llamar pensamiento de la obra. Por eso, hoy ya no se trata de venerar el esfuerzo por sí mismo, sino de preguntar qué experiencia se pierde y cuál se gana cuando cambia el modo de producir.
Además, resulta evidente que con la IA se modifica la relación entre la obra y su apariencia. La generación algorítmica facilita la producción de imágenes espectaculares, mundos imposibles y combinaciones visuales difíciles de ejecutar por medios convencionales. Pero más importante, quizá, es que la IA puede alterar la relación entre la fuerza de trabajo y los instrumentos o medios de trabajo, lo cual, como ya se puso en evidencia en la Revolución Industrial (siglo XVIII- Gran Bretaña – paso del sistema gremial al fabril) supone una transformación radical de los vínculos sociales y de las relaciones del ser humano con la naturaleza. Implica, asimismo, un impacto severo sobre las concepciones relativas a la libertad en tópicos medulares de la vida cotidiana, como la libertad, la autoconciencia individual y las formas de configurar el sistema general de la convivencia.
No obstante, esa abundancia tiene un precio alto: la reiteración de fórmulas, la conversión de estilos históricos en filtros reconocibles y la circulación de imágenes que parecen distintas mientras repiten, en realidad, una misma gramática visual.
Hablamos de una homogeneización que, si bien no se presenta necesariamente como un destino inevitable de toda IA, sí es un riesgo favorecido por los datos, los modelos comerciales, los hábitos de consumo y los criterios con que las plataformas lo seleccionan y lo hacen visible.
Hay aquí una paradoja: la tecnología puede multiplicar las variantes hasta lo casi ilimitado y, sin embargo, contribuir a que las imágenes se parezcan una a otras cada vez más.
Es decir: la abundancia de resultados no garantiza la diversidad de sentidos; menos el calor estético, el cual no debe confundirse con los acabados y precisiones técnicas con que se logra una imagen.
Tal vez debamos distinguir hoy entre novedad formal y novedad estética: una figura puede ser inédita en su apariencia y no añadir nada a nuestra experiencia; otra puede servirse de recursos conocidos y abrir una pregunta que hasta ese momento no habíamos sabido formular.
Con Ladrière, insistimos en cuanto al hecho de que la tecnología ensancha las fronteras operativas del ser humano, liberándolo –en cierta forma– de las constricciones físicas de su entorno e incluso de aquellas que podrían atribuirse a su inteligencia o al momentum conceptual en que se mueve cada artista.
Recapitulemos lo dicho hasta aquí. En el ámbito de las artes plásticas, la IA ayuda a descentralizar el virtuosismo técnico manual. Eso permite que la potencia conceptual del artista tome, presuntamente, el protagonismo absoluto en su obra. Podría decirse, con una figura del lenguaje, que el control del arte se traslada del músculo al lenguaje.
Más problemática, desde el punto de vista ético, resulta la posibilidad de que el protagonismo propiamente creativo sea entregado por el artista (yo diría ahora: pseudo artista) al dispositivo IA.
Si bien esa tecnología abre puertas amplias y variadas a un sincretismo visual inédito, también abre múltiples posibilidades al fraude u otras prácticas espurias. Nos dirá quien conoce la obra de Pollock o la de Koons, la de Warhol, Canttelan o Hisrt –entre otras– que sin IA tales prácticas ya han manchado irreverente e irreversiblemente la producción y el mercado del arte. Cierto, por eso solo podemos contestar que la IA podría agravar tal realidad, sin duda. Su modalidad generativa –a la que podemos llamar aquí imaginación combinatorial– permite acentuar el tecnofanatismo en los terrenos algorítmicos.
GESTOS ALGORÍTMICOS (I)- una visión de la IA en las artes plásticas-
Andrea Zamora Mennigke y Álvaro Zamora
Nota: estas reflexiones sobre IA en las artes plásticas se ofrecen aquí en cinco entregas consecutivas. Han sido elaboradas por los autores[i] a partir de los planteamientos desarrollados por ellos para una Aula Encendida de AICA-Costa Rica, realizada en octubre del año 2026. En dicha actividad también se ha hecho referencia a tópicos que no han sido incluidos en esta columna. Nuestra visión, lejos de agotar problemática tan compleja, solo pretende iluminar su riqueza, invitar a investigar sobre su actualidad, sus posibilidades y, asimismo, reflexionar sobre sus implicaciones en la organización cultural, en la ética, en la productividad y el impacto de la IA sobre la vinculación de la fuerza de trabajo y los medios de trabajo en las artes.
Note: these reflections on AI in the visual arts are presented here in five consecutive installments. They have been developed by the authors based on ideas they originally formulated for an *Aula Encendida* (an “Enlightened Classroom” session) organized by AICA-Costa Rica in October 2026. That event also touched upon topics not included in this column. Far from exhausting such a complex subject, our perspective aims only to shed light on its richness, to encourage further inquiry into its current state and potential, and to reflect on its implications for cultural organization, ethics, and productivity—as well as the impact of AI on the relationship between the workforce and the means of production within the arts.
[i] La coautora de esta columna –Andrea Zamora Mennigke– es profesional en el campo de la computación y está acreditada como crítica de arte, status nacional, por AICA-Costa Rica.

PRIMERA ENTREGA
Liminar: un problema abierto
La utilización de inteligencia artificial (IA) en las artes plásticas ya no debe ser considerada como un mero recurso técnico experimental. Estamos ante una transformación profunda del quehacer artístico que no solo afecta los procedimientos o formas de elaboración, sino también las ideas con que reconocemos una obra, atribuimos una autoría y juzgamos el sentido de lo que se nos presenta como arte.
Nos atrevemos a afirmar, por tanto, que se trata de una transformación ontológica; mas no en el sentido de que la esencia del arte haya cambiado o porque exija una definición revolucionaria y novedosa que la distinga radicalmente de la tradición, sino porque debido a la IA sus fronteras y condiciones de existencia están siendo puestas en cuestión.
Como bien sabemos, históricamente se ha desarrollado y privilegiado en Occidente la idea de que el arte constituye un refugio de la subjetividad pura, la materialidad táctil y la intencionalidad humana.
La mano trabaja, un aprendiz se familiariza con el oficio, el artista toma decisiones que definen su estilo. Contra todo ello colisiona ahora un recurso incuestionable e ineludible: la automatización matemática convertida en tecnología para cuestionar, material, conceptualmente y de forma más directa que inesperada, el núcleo de esa tradición.
La algoritmia de la IA está alterando, ciertamente, el universo creativo del arte. Utilizando la IA, una imagen artística puede surgir de instrucciones verbales y de operaciones estadísticas; una forma escultórica puede calcularse antes de ser materializada; una instalación puede modificar su apariencia según los datos que recibe del entorno. ¿Qué queda entonces del gesto artístico? ¿Qué cambia cuando una parte del trabajo que atribuíamos al artista se desplaza hacia un sistema que no comparte nuestra experiencia corporal del mundo?
No intentamos responder aquí a todas esas preguntas. Solo proponemos que se aborden desde una idea de Jean Ladrière, expuesta en El reto de la racionalidad (1970): la ciencia y la tecnología no se limitan a proporcionar instrumentos nuevos; también desestructuran formas culturales existentes y, al mismo tiempo, abren posibilidades que antes no estaban disponibles.
Ampliemos un poco más tal criterio. La tecnología rompe y habilita. Su efecto no es únicamente negativo, pero tampoco es necesariamente emancipador. Depende aún, en gran medida, de las prácticas que sustituye, así como de las que hace posibles y de las decisiones humanas que organizan su uso.
Desde ese enfoque general es posible ubicar y describir algunos mecanismos de la IA aplicada a las artes plásticas, sus mutaciones estéticas y ciertas encrucijadas éticas, económicas y jurídicas.
No pretendemos ahora dictar sentencia sobre el arte del futuro, sino discutir sobre lo que, merced a la IA, estamos dispuestos a llamar creación y cuáles responsabilidades no deberíamos delegarle.
Retengamos esta idea: Ladrière postula que la ciencia y la tecnología actúan como sistemas autorregulados, que intervienen de doble forma en las culturas: 1- desestructurando sus formas tradicionales y, en paralelo, 2-prefigurando horizontes de posibilidad inéditos, los cuales suponen medios, hechos y problemas específicos.
¿Qué hace la IA?
Conviene hacer una distinción sencilla, dado que los sistemas de inteligencia artificial no constituyen una tecnología única.
Hay modelos capaces de generar presuntas obras de arte a partir de instrucciones textuales; también hay sistemas que intervienen en procesos de diseño tridimensional y dispositivos que responden a variables de un espacio físico. No todos funcionan de la misma manera. Por eso, la clasificación divulgativa de Arend Hintze puede servirnos como mapa inicial para comprender el abanico de sus posibilidades.
Hintze establece cuatro categorías: máquinas reactivas, máquinas de memoria limitada, sistemas con teoría de la mente y sistemas autoconscientes. Las precisamos brevemente:
a. Máquinas reactivas: sistemas basados estrictamente en la percepción presente. No almacenan recuerdos ni procesan experiencias previas. Un ejemplo canónico son los programas de ajedrez primitivos (como Deep Blue). En la plástica, equivalen a los softwares de filtrado algorítmico básico, que reaccionan de manera unívoca a un estímulo o comando físico del usuario.
b. Máquinas de memoria limitada: modelos capaces de procesar datos históricos de forma transitoria para ejecutar inferencias complejas. A este grupo pertenecen los Modelos de Lenguaje Grandes (LLMs) como ChatGPT, y las Redes Generativas Antagónicas (GANs) como Midjourney o DALL-E. El estado del arte actual de la IA aplicada a las artes plásticas se ubica de forma exclusiva en este peldaño.
c. Teoría de la Mente: sistemas (aún en fase experimental) capaces de modelar los estados mentales, emocionales y las intenciones del entorno humano para interactuar socialmente.
d. Autoconciencia: Una fase puramente teórica donde las máquinas poseerían una conciencia interna y una noción del “yo”.
Esa distinción resulta orientadora, pero no debe tomarse como una descripción exhaustiva de las arquitecturas actuales ni como una escala evolutiva universal. En las aplicaciones generativas que hoy nos ocupan, los modelos aprenden regularidades a partir de grandes conjuntos de datos y producen resultados mediante cálculos probabilísticos.
No debemos imaginar que dentro de la máquina (hardware) se encuentra una galería de imágenes que esta copia una por una. Tampoco conviene atribuirle, sin más, una comprensión humana de lo bello, lo doloroso o lo trágico. Los sistemas de IA pueden identificar relaciones, producir variaciones y responder de maneras complejas lo que se le plantea. Pero de ello no se sigue que la IA experimente, como nosotros, el significado de lo que genera.
Se podría pensar, por eso, que en las artes plásticas esos sistemas se emplean de forma instrumental; que solo sirven para generar imágenes, explorar variantes formales, intervenir en el modelado tridimensional y producir entornos audiovisuales cambiantes. Algunas propuestas se quedarán en la pantalla; otras terminarán en impresiones, objetos, esculturas o instalaciones.
La oposición entre lo digital y lo material no es absoluta: una imagen algorítmica puede adquirir cuerpo, y una obra hecha con técnicas tradicionales puede incorporar procesos digitales.
El cambio no consiste sencillamente en que desaparece la mano del artista, sino en que se redistribuyen las tareas, las decisiones y las competencias que intervienen en la producción.
Aquí surge una primera pregunta incómoda: si una persona formula instrucciones, selecciona resultados, descarta miles de alternativas y decide qué mostrar, ¿es autora, operadora, editora, curadora o algo distinto?
La respuesta no puede depender solo del nombre de la herramienta. Deberá examinarse qué decisiones ha tomado efectivamente esa persona-artista, qué aporta realmente al resultado y de qué modo asume la responsabilidad por él. Esa distinción resulta orientadora, pero no debe tomarse como una descripción exhaustiva de las arquitecturas actuales ni como una escala evolutiva universal.
Disquisición sobre género, sexo, lenguaje inclusivo y política lingüística.*
*Álvaro Zamora
[…] la lengua debe adaptarse a los tiempos,
pero también hay límites,
y el límite es la estupidez
–Artuto Pérez-Reverte, Real Academia de la Lengua Española–
El masculino gramatical no equivale al sexo
En español existen categorías que pertenecen a la gramática, no a la biología.
Cuando decimos los estudiantes deben presentar el trabajo el viernes, el masculino plural puede funcionar como término no marcado, es decir, como la forma que engloba a hombres y mujeres cuando la diferencia sexual no es pertinente. Además, la palabra estudiante pertenece a la clase de sustantivos comunes en cuanto al género; eso significa que –en sí misma– es invariable en lo relativo a su terminación: se dice el estudiante y la estudiante; es decir, el género no lo determina el sustantivo, sino el artículo que lo acompaña (los estudiantes para el plural genérico).
Algo semejante ocurre con los ciudadanos, los profesores, los costarricenses, los seres humanos, etc. No se afirma que todos sean varones; simplemente, se utiliza una categoría gramatical convencional para referirnos al conjunto. Los partidarios del elle deben saber que modificar el sustantivo a su gusto es redundante, ya que la palabra original ya termina en -e y es morfológicamente neutra.
Género gramatical y sexo corresponden a sistemas diferentes: uno es obviamente– lingüístico; el otro está referido específicamente al sexo (biología, organismo) o a la sexualidad (dimensión humanística, ideológica o, si se prefiere, cultural). La mesa posee género gramatical femenino, pero carece de sexo. El sol tiene género gramatical masculino, pero también carece de sexo. La persona es gramaticalmente femeninaaunque pueda referirse a un varón o a alguien que ha optado por fungir socialmente con otra sexualidad[1]. Elindividuo es gramaticalmente masculino aunque pueda referirse a una mujer.
Resulta evidente que lo masculino gramatical y lo masculino sexual no son equivalentes.
La pretendida exclusión
¿El masculino genérico es excluyente? La pregunta remite a una cuestión sociolingüística y política, no a lo puramente gramatical.
Quien defiende el denominado lenguaje inclusivo pareciera sostener, que determinadas formas lingüísticas producen o reproducen una representación mental predominantemente masculina. Tomada como hipótesis, esa pretensión puede estudiarse empíricamente. Pero de ahí no se sigue que el masculino genéricosea, por definición lingüística, una forma de exclusión.
Hay que distinguir entre la idea de que una forma puede producir determinado efecto psicológico o social y la pretensión o el prejuicio de que su significado lingüístico sea excluyente.
Quien atiende a lo claramente expresado sobre estos temas en la Gramática de la RAE, entiende fácilmente que cuando se dice los trabajadores, la referencia a ellos se hace independientemente de su sexo, es decir, que dicha expresión puede abarcar ambos sexos y a cualquier opción de sexualidad existente, sin perjuicio u ofensa de la condición humana ni de la libertad y la equidad correspondientes. Las soluciones destinadas a hacer explícita la pretendida inclusión de marras pueden introducir –de forma paradójica– distinciones que la oración original no necesita: los estudiantes frente a los estudiantes y las estudiantes, o con un barbarismo de peor cuño, los estudiantes frente a las estudiantas o a les estudiantes.
La segunda fórmula –en todas sus variantes– hace explícita una diferencia sexual que la primera no necesita para cumplir, de manera adecuada, acertada y precisa, su función comunicativa. Por eso entiendo que puede y debe defenderse la tesis de que ciertas formas del mal llamado lenguaje inclusivo terminan siendo segregativas. En mi criterio, lo que hacen lingüísticamente es convertir en relevante una diferencia que gramaticalmente resulta más irrelevante que antiestética. Estoy convencido de que, quien atiende a la vieja norma colegial de estudiar la Gramática de la RAE o la de Andrés Bello, está en capacidad de comprender que sus formas, en cuanto al tema de género, son más bellas, incluyentes, racionales, económicas en el habla cotidiana y literaria que las exigidas por las ideologías alternativas.
Género y sexo
La palabra género no es una imposición lingüística de RAE para sustituir al sexo. Género procede del latín genus, generis, cuyo campo semántico incluye ideas como clase, especie, categoría, linaje y tipo. De ahí su uso taxonómico: género Homo, especie Homo sapiens.
La asociación del término con el sexo se desarrolló por distintas vías[2], entre ellas el género gramatical y, posteriormente, el uso de gender en las ciencias sociales anglosajonas del siglo XX. En la terminología contemporánea se ha generalizado una distinción entre sexo –entendido como dimensión biológica– y género, entendido como un conjunto de roles, expectativas, prácticas o identidades socialmente construidas en relación con el sexo. Esa acepción contemporánea puede ser legítima dentro de determinados campos de las ciencias sociales; lo que no resulta legítimo es trasladar automáticamente sus categorías al análisis de la gramática española. La polisemia de género no autoriza a construir sus distintos sentidos.
Tres sentidos diferentes de género
Conviene separar al menos tres nociones[3]: género taxonómico, género gramatical y género social. Como ejemplo del primero: Homo como designación de una categoría o clasificación biológica. Ejemplos del género gramatical: el libro, la mesa; ambos remiten a una propiedad del sistema lingüístico. Considerado como género social, el término se emplea para designar hechos, funciones, construcciones o identidades relacionadas con el sexo.
Tales nociones están relacionadas históricamente, pero no son intercambiables. La polisemia de una palabra no permite trasladar, automáticamente, las propiedades de un sentido a otro.
El caballo, el burro y la mula
El ejemplo de la mula me parece pertinente para mostrar el sentido taxonómico de género.
El caballo doméstico es Equus caballus y el burro doméstico es Equus asinus. Ambos pertenecen al género Equus, pero son de especies diferentes. Su descendencia híbrida puede ser mula o mulo y es, por regla general, estéril. El caballo tiene 64 cromosomas, el burro 62 y la mula o el mulo 63. Las diferencias cromosómicas dificultan la formación normal de gametos.
Existen excepciones muy raras, especialmente entre mulas hembras, pero la esterilidad es la regla general.
Por tanto, pertenecer al mismo género biológico no significa pertenecer a la misma especie ni garantiza descendencia fértil. El ejemplo sirve para recordar que género es una categoría clasificatoria, cuyo contenido depende del campo en que se emplee; no sirve, por sí solo, para decidir qué debe significar género en las ciencia sociales o en la gramática.
Precisión necesaria
Me parece conveniente afirmar que género y sexo no son conceptos equivalentes, pues, en biología, el género constituye una categoría que comprende a una o varias especies varias especies. De acuerdo con la taxonomía convencional, el género se sitúa por encima de la especie y, en algunos casos, de la subespecie; el sexo, en cambio, no constituye una categoría taxonómica. No se debe confundir esa categoría con la de carácter lingüístico o con la sociocultural, aunque las tres reciban el mismo nombre.
Retengamos esta idea: la existencia del género taxonómico no impide que el termino género tenga otra acepción entre quienes considero, respetuosamente, como ideólogos sociales. Lo que impide es identificar automáticamente ambos significados. Por eso me parece más precisa la afirmación de que, con intenciones diversas, el término género ha sido adoptado contemporáneamente como sinónimo de sexo.
A propósitode todos, todas y todes
La tesis que motiva estas disquisiciones críticas puede formularse así:
el problema no está en que la lengua disponga de términos para distinguir sexos, sino en atribuir a las categorías gramaticales una función biológica que no poseen.
El masculino y el femenino gramaticales pertenecen al sistema de la lengua; lo masculino y lo femenino sexuales pertenecen a otro orden de clasificación. Confundir ambos planos conduce a interpretar como exclusión semántica lo que puede ser simplemente una convención gramatical no marcada.
Cuando se dice todos los estudiantes deben entregar el trabajo, entiendo que todos es masculino plural gramaticalmente, pero la referencia puede abarcar, con ahoro de perorata ideológica –y sin embargo inclusivamente– tanto a hombres y mujeres, como a quienes no desean ser incluidos en una u otra categoría o quieran serlo en ambas y en todas las que socialmente se quieran defibir a propósito de estos temas. No se está diciendo todos los estudiantes varones. Contra los defensores del pretendido lenguaje inclusivo, pareciera que la triplificación todos, todas y todes hace explícita una diferenciación sexual que la primera oración no necesitaba expresar, la cual, además, resulta lógicamente segregativa y toma partido de forma apriorística e incluso prejuiciada en las polémicas sobre estos asuntos.
Vale aclarar que el uso de todes introduce una innovación morfológica que no pertenece al sistema tradicional del español. Puede defenderse políticamente una innovación lingüística de ese tipo; y las lenguas pueden incorporar innovaciones cuando los hablantes las adoptan y difunden. Lo que no se puede afirmar, sin más, es que la existencia de esa innovación demuestre que el masculino genérico sea lingüísticamente excluyente o que la gramática tradicional obligue a sustituirlo.
Recurrir a la ética, el humanismo o la política para defender una innovación lingüística puede ser algo justificable, pero no permite validar, sin más, que la gramática deba establecer algo que no contempla o que está fuera de sus competencias.
A propósito de una decisión universitaria
La documentación institucional de la Universidad de Costa Rica muestra, según registros que sirven de base a esta disquisición, cierta evolución desde una política para incorporar el lenguaje inclusivo de género en documentos universitarios hacia lineamientos institucionales de aplicación más amplia. Eso no puede confundirse con una afirmación acerca de lo que la estructura del español obliga a hacer. Una institución puede adoptar, por razones éticas, sociales o político-ideológicas, una determinada política lingüística; pero esa decisión pertenece al plano normativo e institucional, no a la gramática. La clave es distinguir entre la conclusión lingüística y una decisión política institucional.
Por razones éticas, sociales o políticas, la institución puede utilizar determinadas formas lingüísticas en sus documentos. Aunque la pretendida atingencia ética y, en general, social, me parece muy cuestionable en este caso, entiendo que la adopción de una política represiva y contraria a lo establecido por la RAE y el sentido común en asuntos lingüísticos pueda convertirse en una norma institucional. Podría discutirse si eventualmente un docente universitario tendría que ser sometido a sanciones –éticas o legales– por desatender la norma para utilizar correctamente el idioma español en sus lecciones y demás actividades académicas.
No podrían afirmar las autoridades universitarias –en tal hipotético caso–que la estructura del español obliga lingüísticamente a adoptar esas formas, porque la autoridad de marras interpreta que el masculino genérico resulta intrínsecamente excluyente. Debe entenderse, además, que el hecho de adoptar una normativa determinada –incluso contraria a la razón– no implica una especie de contra afirmación científica o siquiera lógica de la normativa RAE.
Es un hecho que, además de la UCR, las instituciones representadas en CONARE han llegado a concebir el lenguaje inclusivo como parte de una política institucional de planificación lingüística. Destaco en ello cuatro de sus pilares: 1- una pretendida igualdad que intenta fortalecer con determinadas prácticas lingüísticas infundadas científicamente; 2- una práctica modificada del trato mediante un lenguaje falsamente inclusivo que debe funcionar, simultáneamente, como fórmula lingüística y medio de visibilización; 3- la institución formaliza –cual norma obligatoria o medida cohersitiva– esa práctica lingüísticamente espuria; 4- la norma institucional termina afectando documentos y actividades universitarias.
Ese fenómeno no debe entenderse simplemente como una evolución espontánea del español, sino como una intervención deliberada de una institución sobre sus propias prácticas lingüísticas.
La pregunta crítica que me hago no es: ¿saben los lingüistas de esas instituciones cómo funciona el español?, sino ¿ha decidido la institución que determinados objetivos políticos y sociales justifican intervenir –de manera incorrecta, deliberada y tendenciosa– en la forma institucional de usar el idioma español?
Una premisa importante del pretendido lenguaje inclusivo institucional es que aquello que no se nombra explícitamente puede quedar invisibilizado. En mi criterio, eso requiere de mayor análisis y, sobre todo, de evidencia empírica suficiente. Que una expresión pueda suscitar determinadas representaciones mentales es una cuestión legítima para la psicolingüística; pero de ello no se sigue por sí mismo que la expresión posea un significado gramatical distinto ni que una institución deba prohibirla o sustituirla.
No es de recibo que en un recinto de educación superior se desconozca que decir los estudiantes deben matricularse no equivale semánticamente a decir los estudiantes varones deben matricularse. La categoría gramatical masculina funciona en ese y en casi todos los casos posibles como forma no marcada. La RAE lo explica de forma clara[4]. Hay que separar el significado lingüístico de la representación mental y del efecto social, porque no son equivalentes.
De partida, eso invalida –lógica y materialmente– la idea de que, si determinados experimentos psicológicos muestran que las personas imaginan inicialmente más hombres que mujeres o de otras sexualidades al oír los científicos, eso no demuestra que la expresión los científicos signifique los científicos varones. Es decir: una correlación o efecto psicológico no constituye por sí mismo una regla gramatical.
Lo atinente
La tesis el masculino gramatical excluye a las mujeres porque es masculino puede reconstruirse de este modo:
- P1. El masculino gramatical está asociado históricamente al término masculino.
- P2. Lo masculino está asociado culturalmente con los hombres.
- P3. Lo que está asociado con los hombres puede invisibilizar a las mujeres.
- C. Por tanto, el masculino genérico invisibiliza a las mujeres y debe sustituirse.
El problema se encuentra especialmente en el tránsito entre P1 y P2: masculino gramatical y masculino sexual no corresponden a la misma categoría. De que una forma sea gramaticalmente masculina no se puede inferir que designe a un varón. Además, incluso si se acepta que determinada estructura lingüística puede producir un efecto de invisibilización[5] o favorecer una determinada representación mental, todavía haría falta una premisa normativa adicional: que ese efecto sea suficientemente relevante y que la institución esté justificada en sustituir la forma lingüística. Esa conclusión no pertenece a la lógica descriptiva de la lengua, sino a una decisión normativa que requiere su propia justificación.
La crítica puede precisarse como una combinación de problemas.
- Falacia material: el razonamiento parte de una caracterización discutible o falsa de la relación entre género gramatical y sexo. Se así confunden categorías distintas.
- Falacia formal: aunque se concedan algunas premisas, la conclusión normativa no se sigue necesariamente porque, de que una forma pueda asociarse psicológica o culturalmente con lo masculino, no se deduce que deba prohibirse, sustituirse o institucionalmente modificarse.
Por eso, me parece que la crítica más rigurosa no consiste simplemente en afirmar que la política o la normativa sean irracionales, sino en mostrar exactamente dónde deja de funcionar el argumento.
El hecho de que nuestras universidades cuenten con especialistas en lingüística, en literatura, en español, en biología, en lógica, en filosofía, en psicología y en ciencias sociales da legitimidad a una pregunta crítica: ¿qué tipo de justificación se ha utilizado para convertir una posición político-ideológica en una obligación lingüística institucional respaldada por CONARE?
Tal cuestionamiento no supone negar la legitimidad de una política institucional de equidad; exige distinguir entre la justificación de esa política y una supuesta necesidad derivada de la estructura del español.
La pregunta puede reformularse de maneras particularmente fuertes: ¿pueden –o deben– las instituciones de educación superior adoptar una política lingüística por razones políticas, éticas o institucionales? ¿Basta que presenten esa política como si la estructura misma de la lengua española demostrara la necesidad de adoptarla? ¿Es necesario lógicamente pasar de un queremos promover determinada concepción de igualdad a el masculino genérico es lingüísticamente excluyente.
De la crítica a la propuesta
He apuntado en esta disquisición temas que podrían ser considerados inhóspitos e incluso amenazantes. Yo prefiero que se lean como invitación a investigar y a reflexionar. Con tal fin propongo, para terminar, cuatro niveles de analisis: 1- nivel gramatical, dado que el masculino y el femenino son categorías del sistema lingüístico y no equivalen automáticamente a uno u otro sexo o a las posibles sexualidades; 2- nivel semántico, porque el masculino plural puede funcionar como forma no marcada y abarcar referentes de ambos sexos o de otras formas de sexualidad. 3- nivel sociopsicológico, porque determinadas expresiones pueden producir asociaciones o imágenes mentales diferenciadas, lo cual es una cuestión empírica que no modifica por sí misma el significado gramatical de una forma determinada; 4- nivel político-institucional donde, por ejemplo, las una universidades estatales y CONARE deciden promover determinadas formas lingüísticas como parte de una política de igualdad o visibilización. El lector podrá enriquecer esta propuesta en formas diversas.
Me parece claro que una costumbre o una decisión normativa no se convierten, automáticamente ni necesariamente, en fórmulas lingüísticas racionalmente adecuadas ni justificadas. Por ello, mi posición crítica no consiste simplemente en afirmar que el esfuerzo por defender un supuesto lenguaje inclusivo es absurdo, sino esta: la institución, más que la costumbre, ha convertido determinada concepción político-ideológica sobre la relación entre lenguaje, sexo, género y visibilización en una norma de uso lingüístico. Si pretende justificar esa norma apelando a la estructura misma de la lengua, debe aportar una argumentación lingüística distinta de la mera justificación político-moral de sus fines.
Entiendo que el punto más fértil del debate sobre estas cuestiones está ahí; no en negar que una lengua pueda transformarse al tenor de lo que sucede en la vida real. Las lenguas cambian constantemente. Eso no obsta para que preguntemos si una institución está legitimada para presentar como exigencia de la gramática lo que, en la realidad, es una elección de re publica lingüistica y de re morali que, probablemente, todavía no ha sido fundamentada de forma rigurosa.
[1] Con algunos matices, hoy se habla de: heterosexualidad, homosexualidad, pansexualidad, omnisexualidad, bisexualidad, demisesualidad, grisexualidad e incluso de asexualidad; presumiblemente, la lista aumentaría según se amplíe el abanico de tendencias u ocurrencias ideológicas, como la conocida Teoría Queer con sus ideas sobra la de-construcción de las sexualidades periféricas que traspasan la frontera de la sexualidad aceptada socialmente: heterosexual, monógama, etc.
[2] Atiéndase, por ejemplo, a la distinción entre sexo, sexualidad y género social, porque tampoco comienza con las teorías contemporáneas del género. Simone de Beauvoir, en El segundo sexo, distinguió entre la condición corporal y el proceso histórico, social y existencial mediante el cual se llega a ser mujer. Sartre, por su parte, analizó el cuerpo, el deseo y la sexualidad desde las relaciones entre facticidad, conciencia, libertad y mirada del otro. No sería correcto convertir estos planteamientos en anticipaciones exactas de las teorías actuales del género: sus conceptos y problemas son distintos. Sí resulta pertinente reconocer que el existencialismo proporcionó instrumentos para distinguir el dato corporal de las significaciones sociales y existenciales que se construyen a partir de él. Esa distinción permite evitar dos reduccionismos opuestos: reducir la sexualidad a la mera biología o convertir las significaciones sociales de la sexualidad en categorías de naturaleza lingüística. En este sentido, recuperar a Beauvoir y a Sartre puede enriquecer la discusión contemporánea sin atribuirles tesis que ellos no formularon.
[3] Presumo que, eventualmente y a la luz de nuevas tendencias ideológicas, podrían aparecer otras. En Costa Rica, las universidades públicas que conforman el Consejo Nacional de Rectores (CONARE) han adoptado de forma generalizada normativas institucionales a favor del pretendido lenguaje inclusivo. No obstante, existe una distinción técnica fundamental entre lo que exigen sus reglamentos (el lenguaje no sexista tradicional) y el uso voluntario de la morfema -e (como el término “les” o “elles”). La realidad institucional de los centros universitarios estatales se divide de la siguiente manera: 1- estándar oficial obligatorio (lenguaje no sexista) establece que las universidades públicas cuenten con manuales de estilo y con políticas institucionales para prohibir el uso exclusivo del masculino genérico en documentos oficiales, programas de estudio y actas; 2- regulaciön del uso de términos abstractos y genéricos reales, p. ej. referir el profesorado en lugar de los profesores o la comunidad estudiantil y el alumnado en lugar de los estudiantes; 3- desdoblamientos, es decir, uso de fórmulas binarias –explícitas y contrarias a lo establecido por RAE– como los estudiantes y las estudiantes o las y los funcionarios. 4- uso de estructuras impersonales, lo cual supone modificar la redacción, a fin de omitir el sujeto gramatical que a los ideólogos del pretendido lenguaje inclusivo pueda parecerles conflictivo. Vale indicar, además, el estado actual de cada universidad. En la Universidad de Costa Rica (UCR) existe una normativa específica –emanadas de la Rectoría y del Centro de Investigación en Estudios de la Mujer (CIEM)– que Impulsa dicho lenguaje el lenguaje de género como alternativa cuasi moral y obligatoria de lenguaje neutro. Sin embargo, la imposición de la morfema -e (como en la tendenciosa expresión les estudiantes) no ha sido puesta como una regla gramatical obligatoria en evaluaciones académicas estrictas, aunque se promueven talleres para su conocimiento. La Universidad Nacional (UNA) –pionera en la materia a través de su Instituto de Estudios de la Mujer (IEM)– publica guías oficiales para visibilizar lo femenino y el uso de términos neutros colectivos. Allí se prioriza la norma culta de la lengua en lo que consideran como una variante costarricense. El Instituto Tecnológico de Costa Rica (TEC) exige el uso de su Guía de Lenguaje Inclusivo del TEC, que promueve –también a contrapelo de normas RAE– el uso de recursos gramaticales neutros, abstractos y relativos para no alterar la morfología natural del idioma. La Universidad Estatal a Distancia (UNED) y la Universidad Técnica Nacional (UTN) han integrado políticas de género transversales que exigen una redacción pretendidamente no sexista en sus unidades didácticas y comunicaciones.
[4] El tema es amplio; no lo resumo aquí, recomiendo su lectura: Real Academia Española [RAE] y Asociación de Academias de la Lengua Española [ASALE] (2025). El género. En: Nueva gramática de la lengua española: morfología y sintaxis (2ª ed., Vol. I). Espasa.
[5] Sería necesario sustentar adecuadamente esa pretensión.
De visita por unos Universos Borgeanos*
*Álvaro Zamora
Recorro la sala varias veces; una mesa redonda sobre lo que se exhibe empezará en breve. La exposición es sugestiva, aunque desigual en lo técnico y en lo conceptual, como sucede normalmente en las muestras colectivas. Aquí, como en las alocuciones y los diálogos entre ponentes y público, no se analizan detalladamente esos dos aspectos.

Un cuadro habitado de colores vivos y palabras liberadas sobre ellos alienta mi recuerdo de una geografía imaginaria. Es la propuesta de la pintora Enar Cruz, en su Mujer afirmando su yo; ella también presenta Rostro y Flor. La relación con mi recuerdo borgeano acaso sea injusta; no tengo la intención de juzgar la obra, solo despliego el impacto que provoca en mi memoria. Reconozco ahora, casi de soslayo, que en la inmediatez de esos cuadros solo he construido –a posteriori– una excusa para mis palabras[i]. Lo que expongo a continuación me lleva a atribuir –no sin audacia– tal desvío intencional en dirección a Borges.

Mi recorrido, el cuaderno de visitas, la sala, el cuadro referido y las demás obras, así como el conjunto de objetos dispuestos para albergar el diálogo, grabar la actividad y habilitar el gusto estético, ratifican la indicada sensación geográfica que, entre otras cosas, sirve de pie a lo que aquí discurre.
Se entra en la primera de las dos salas. En la breve pared de la derecha, sobre el espacio ocupado por el libro de visitas, hay un hombre desnudo con cabeza de animal, pintado por Ronaldo Sanabria. Evoca, seguramente, al personaje mítico de un cuento corto, donde Borges subvierte el mito griego del laberinto, para que Asterión –un ser solitario e incomprendido– espere la llegada de su redentor, que ha de matarlo a golpes para luego huir de aquel lugar, literariamente, gracias al hilo que le ha regalado una mujer que ha seducido o viceversa. Universos Paralelos –una pequeña escultura de Sandra Quirós– es un laberinto.


Luego se ha dispuesto una obra con aspecto de libro; es El viaje, de Irene Víquez, y pide, sin voz ni orden, que lo abran; conviene descubrir lo que ahí espera. Laberinto de otra índole se halla en una pared frente a la entrada; es una instalación de Karen Clachar. Sergio Guillén expone un acrílico sobre tela con el título Mira y Nudo. De Alejandra Luthmer se ha colgado, en la pared del fondo de la primera sala, una Alicia en su laberinto que, probablemente, remite al gusto por Carrol de Borges o a su obsesión con los sueños recíprocos entre lo real y la ficción. Completan la muestra diversas propuestas en acrílico. Ecos del tiempo, de Carolina Rivera, La máquina de soñar, de Olga Anaskina, quien también expone su Yo detrás de mi y la turbadora lechuza de Esperando el Aleph.

De Silvia Fournier hay un montaje de fotografías sobre canvas de intención multirreferencial: Instantes infinitos. Marcela Díaz expone su Astrolabio, un acrílico con collage sobre telas. De Sergio Guillén es una obra en técnicas mixtas titulada El sobrepensador.

Si ahora intento un abordaje general de Universos Borgeanos, es porque un texto se impone naturalmente sobre los demás: Del rigor en la ciencia, un cuento inquietante, incluido por Borges y Bioy Casares en sus Cuentos breves y extraordinarios.
En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.
Hay una referencia pegada al cuento: Suárez Miranda, Viajes de Varones Prudentes, Libro Cuarto, Cap. XLV, Lérida, 1658
Ese Suárez Miranda es un autor apócrifo, presuntamente inventado por Borges y Bioy Casares. La atribución forma parte del juego borgeano de crear bibliografías, comentaristas y autores imaginarios para cuestionar la autoridad de los textos y los límites entre ficción y erudición.
A propósito de la exposición Universos Borgeanos, entiendo que dicha atribución ficticia de Borges puede extenderse al universo de las imágenes y a lo que representan o implican. Pienso que su legado literario puede involucrar —en cierta forma y también presumiblemente— al de las artes plásticas que –seguramente por infundados prejucios– hoy muchos prefieren llamar artes visuales.
Esta exposición, más que proyecto tópico, se ofrece, en mi criterio, como un abanico de sugerencias, o, si se prefiere, un variopinto de representaciones lúdicas, provocadas –conceptual y formalmente– por el universo filosófico y fantástico de Jorge Luis Borges: artes visuales, intervenciones escénicas, interacividad. De sus varillas conceptuales destaco cinco que me parecen evidentes; pero los invito a descubrir otras:
- El mundo se manifiesta como una representación relativa en los textos, quizá también lo sea en la realidad.
- Toda representación del mundo implica selección y abstracción; también la omisión constituye una forma de imaginar: el mapa es real y ficticio a la vez.
- Un conocimiento que pretenda reproducir íntegramente lo real termina por teñirse de fantasía.
- Toda construcción humana posee historicidad.
- El universo de las representaciones es inmenso, inevitable, quizá infinito.
Por eso, invoco Del rigor en la ciencia. El imperio del cuento puede ser muchos imperios de la historia o ninguno. Y quizá por eso continúa hablándonos asñi cuatro siglos después de su publicación ficticia y tres cuartos de siglo después de que Borges y Bioy Casares lo introdujeran en nuestra tradición literaria. En todos —reales o ficticios— es posible reconocer alguna cartografía ideológica (la del poder, la de la mentira, la de ese desarrollo entendido como un proyecto impositivo que pretende diseñar y organizar el futuro de los territorios). Utopías que emulan mapas de ruta para dirigir la vida ajena y la propia, delimitar metas o predeterminar el destino.
Me dirán ustedes que el cuento carece de pretensiones políticas. Ese es mi punto: tan amplia es la connotación del cuento borgeano (ontológica, epistemológica, ética, estética, etc.), que abarca o al menos permite suponer aquellos aspectos del mundo que fueron excluidos de él, seguramente, porque Borges y Bioy Casares parecían poco interesados en ellos.
En el cuento, la vasta cartografía imperial resulta inútil y las generaciones posteriores abandonan el mapa hasta convertirlo en ruinas. Interpretar plástica o dramáticamente esa idea puede resultar fascinante.
El relato es brevísimo, pero en su aparente avaricia verbal resume varias obsesiones de Borges y muchas paradojas del mundo. Sin ánimo de agotarlas, menciono dos líneas que podrían resultar particularmente fructíferas para aproximarnos a estos Universos Borgeanos exhibidos aquí.
- Primera: la paradoja de la hiper-información contemporánea, donde el exceso de datos y representaciones visuales tiende a trastocar o invisibilizar aspectos diversos de la realidad misma.
- Segunda: el dilema del simulacro en el arte, donde la obra ya no imita al mundo, sino que inventa un territorio aparentemente autónomo.
Entiendo que los artistas ofrecen estos Universos borgeanos como una paradoja. Reconocen que la razón puede enriquecer nuestra experiencia estética, pero saben también que jamás podrá sustituirla. Ese resto irreductible –un espacio donde el pensamiento deja paso al asombro– es, quizá, el territorio donde Borges continúa esperándonos.
[i] El texto corresponde, con algunas modificaciones, a mi ponencia presentada durante la inauguración de la exposición Universos borgeanos: laberinto infinito de símbolos, espejos, bibliotecas y paradojas, realizada el 1. de agosto 2026 en el Centro Cultural San José. La actividad estuvo a cargo de AICA-Costa Rica. La mesa redonda contó con la participación de Juan Carlos Flores y fue presentada por Alejandra Luthmer, de Áurea, bajo la coordinación de Irene Antillón.
Significado y vivencias de la substancia*
*Álvaro Zamora
(Parte final)
La modernización cambió las costumbres culinarias del barrio. En muchas casas, unos cubitos novedosos –habitados de sal y sabor a pollo o a vaca– reemplazaron a las carnes y a los huesos reales. Los pequeños hexaedros carecían de substancia alimenticia; pero rápidamente se extendió su popularidad por los comederos del mercado. Sustituyeron el músculo animal, se infiltraron en los caldos y en muchos bocadillos que, con el apelativo de bocas, se ofrecían en las cantinas. Con ellos, los comerciantes de la gastronomía y muchas amas de casa se ahorraban horas en la confección de sus cocidos y fritangas. Algunos ancianos se quejaban por el nuevo sabor de las sopas y las fritangas, pero nadie les hacía caso. Gracias a esos cubitos, la carne y el hueso dejaron de reclamar porción significativa del presupuesto familiar. Hoy pienso que si Agüela hubiera conocido el término, no habría sido extraño que lo usara para hablar de un nuevo paradigma culinario. Ella, por supuesto, resistió el embate de los nuevos tiempos y se mantuvo en el suyo.
Los racionalistas del siglo XVII también cambiaron el paradigma de la substancia[1] filosófica. Su sabor mudó del realismo escolástico hacia un variado menú idealista.
El paso de las concepciones filosóficas medievales a las modernas resulta complejo y sinuoso. En los apartados que a esta parte final preceden, se han mencionado solo algunos derroteros de la reflexión en torno a la substantia. Bien ha de saber el lector que hay otros. Esta parte final mantiene el propósito original: contribuir al fortalecimiento del espíritu crítico de los lectores de nuestras Perspectivas.
Para evitar infundios, vale la pena recordar que las columnas presentadas por el Círculo de Cartago en la serie de Perspectivas no tienen por objeto agotar sus temas, sino invitar al lector para que se sumerjan en ellos y los disfruten. Reténgase, por eso, esta idea: la historia desborda, por inmensa y abundante en complicaciones, toda pretensión de estas reflexiones sobre la substancia. Pero, si esta columna motiva interés en ellas, su propósito de fondo será colmado.
La reconstrucción filosófica del siglo XVII obedeció a justificadas dudas sobre la metafísica y las gnoseologías previas. Pese a ello, los filósofos de aquellos días mantuvieron la pretendida necesidad de un sustrato metafísico.
Al igual que los antiguos y los medievales, los pensadores modernos claman por alguna substancia,cuya naturaleza sea indubitable. Sin tal fundamento, les parece imposible hallar certezas sobre la existencia de Dios, la del mundo y la del sí mismo. Sin un concepto tan fundamental, resulta para ellos imposible proponer explicaciones confiables sobre cualquier algo.
Se suele considerar a René Descartes (1596-1650) como el primer trasgresor racionalista. Él modificó, de raíz, la concepción aristotélico-escolástica del ser y de la substancia. También ideó un método filosófico novedoso, que ha tenido incidencias hasta nuestros días. Incluso dio vida a una forma inusitada, sino irreverente, de pensar y escribir filosofía. Lo que aquí interesa de su pensamiento es, a mi juicio, más simple y directo que lo elucubrado por las viejas tradiciones.
Según Descartes hay dos substancias: la res cogitans y la res extensa. Accede intelectualmente a ellas después de dudar sistemáticamente sobre todo lo que cree verdadero. Gracias a un ejercicio tan drástico, encuentra una certeza indubitable: pienso, por lo tanto existo. Tal descubrimiento es referido en adelante como el cogito cartesiano. Se trata de un acto que, si bien se presenta como reflejo[2] del si mismo, también es reflexivo, pues depende de un notable esfuerzo voluntario. El yo pienso cartesiano no es propiamente una conciencia originaria, sino un acto en el cual ella se toma a sí misma como objeto.
Desde entonces, dicho cogito ha sido analizado, criticado e incluso corregido desde diversas orientaciones teóricas.
El dualismo radical propuesto por Descartes es aceptado por muchos coetáneos suyos. Nicolás Malebranche (1638-1715) es un buen ejemplo; aunque él opina que la solución de Descartes para vincular ambas substancias es muy blanda. Por eso no tiene empacho en dar a Dios un trabajo inconmensurable: con ocasión de que la res cogintas (cosa pensante) de Fulano quiera mover el brazo (cosa extensa), Dios hace que tal res extensa se mueva. Malebranche también opone criterio al convencimiento cartesiano de que existen ideas innatas. En su lugar advierte que cada cual puede percibir y conocer, a su manera, ideas inmutables que hay en la mente divina.
A lo largo del siglo XVII, muchos otros acólitos del cartesianismo diseminan ideas por Europa. Pese a ser cartesiano, Pierre Sylvain Régis (1632-1707) opone a Descartes la idea de que los errores humanos no se originan en una voluntad mal empleada, sino en los sentido o en una memoria defectuosa. Contra Malebranche propone un racionalismo más perceptual y próximo a la ciencia de su época. También afirma, contra Descartes y Malebranche, que la unión de alma y cuerpo es obra de Dios. Es decir, que por determinación divina las sensaciones generan pensamientos. Robert Desgabets (1610-1678) es otro buen cartesiano. Ese monje benedictino está convencido de que el método cartesiano es la mejor herramienta intelectual para defender la fe católica
Entre los jansenistas[3] destacan Antoine Arnaud (1612-1694) y Pierre Nicole (1625-1695) quienes, en su Lógica de Port Royale (1600) adaptaron el método de Descartes para proponer una teoría del lenguaje y del pensar. Johannes Clauberg (1622-1665), es conocido como el cartesiano escolástico, dado que introduce el cartesianismo en los rigurosos predios universitarios de Alemania.
Más destacado e interesante resulta el aporte de Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) al racionalismo. Está considerado como uno de los tres pilares del cartesianismo continental, junto con Descartes y Spinoza. Él estudia a fondo el legado cartesiano para modificarlo de manera singular. Como Descartes, Leibniz cree que hay verdades innatas. Leibniz depura la confianza en la razón y la lógica matemática; pero no está de acuerdo con la idea de una substancia material puramente extensa y pasiva, como la propuesta por el francés. Con evidente pluralismo metafísico, ese pensador alemán opone infinitas substancias espirituales activas a las dos substancias propuestas por Descartes. Las denomina mónadas. Todas están coordinadas en una armonía preestablecida, ordenada por Dios para dar existencia al mejor de los mundos posibles.
Vale la pena destacar la figura de Baruch Spinoza (1632-1677), un valiente pensador radical. Debido precisamente a sus ideas, es excomulgado por las autoridades de la comunidad judía. Spinoza adopta el método geométrico cartesiano. Si bien busca con ahínco las ideas claras y distintas, rechaza el dualismo de las substancias. En su lugar, propone y justifica con depurado rigor una concepción monista. Para él solo es concebible una substancia universal: Dios sive Natura. Advierte que todo lo demás ha de ser denotado cual modo de esa substancia. Con otras palabras, lo que se percibe, se siente o se piensa solo alcanza el rango (ontológico) de las manifestaciones, expresiones o afecciones particulares de la substancia única. Todo depende absolutamente de Dios. Los individuos no son atributos, sino modos de la única substancia. Según Spinoza, los modi (de la substancia) pueden ser finitos (particulares, concretos, mudables) o infinitos (derivan inmediatamente de algún atributo y son eternos).
A los racionalistas se oponen los llamados empiristas ingleses. John Locke, destacado representante de esa tendencia, advierte que no hay ideas innatas y que la concepción racionalista de substancia es un no sé qué (something I know not what), es decir, una noción innecesaria e incontrastable; construida a partir de cualidades que las mentes captan empíricamente. Percibidas así, el sujeto suele interpretarlas erróneamente, alentando la creencia de que hay una especie de soporte subyacente que las une.
Más radical que Locke, David Hume (1711-1776) advierte que las cosas e incluso el yo son un solo un conjunto (haz) de percepciones mudables. La mente las une por simple costumbre. Solo se perciben accidentes individuales, como el color, la figura o los sabores. Es imposible percibir la substancia porque, lejos de ser real, solo aparece cual engaño mental: una colección de ideas simples (producto de la percepción) que la imaginación une o vincula bajo el apelativo substancia, el cual no remite a lo real sino a la necesidad de alcanzar cierta comodidad mental. Igualmente falsa es, para Hume, la permanencia de objetos externos.
Georg Berkeley (1685-1753) afirma que la noción racionalista de substancia material no solo es innecesaria y, sino que constituye uno de los mayores errores de la tradición metafísica. Para él, el ser es ser percibido (ese est percipi). Contra sus adversarios, defiende tal idea mediante el convencimiento de que, sin importar localización o tiempo, Dios todo lo percibe. Es cierto que Berkeley mantiene la idea de que Dios y las mentes poseen el estatuto real de una substancia espiritual; pero él se opone radicalmente a la substancia material del cartesianismo. Contra la ciencia, entiende que las leyes de la física son apenas unas reglas de consistencia, utilizadas por Dios para permitirnos tener sensaciones del mundo.
Eventualmente, los filósofos cuestionan con renovado ahínco la capacidad humana para conocer realidades absolutas, imperceptibles y substanciales. Pensadores como el enciclopedista Denis Diderot (1713-1784), advierten que la substancia es solo una invención intelectual, cuya influencia se decanta cual obstrucción al desarrollo de la nueva ciencia experimental. Diderot rechaza la res extensa y advierte que no es necesaria una res cogitans para explicar el mundo, la vida ni el pensamiento.
Francois-Marie Arouet, conocido como Voltaire (1694-1778) ataca la noción de substancia mediante un escepticismo pragmático: la mente humana es incapaz de comprender la esencia última de las cosas. Con cierto humor (cfr. Diccionario filosófico[4]) equipara la substancia con una etiqueta para ocultar tal ignorancia humana.
Julien Offray de la Mettrie (1709-1751) abandona las concepciones substancialistas de sus predecesores franceses y adopta la convicción de que el mundo se explica mediante la biología y la mecánica. No solo se niega a aceptar la existencia de una substancia material, sino que la considera como una ocurrencia teológica absurda. Así como la digestión es una función estomacal, de la Mettrie, que además de filósofo es médico, considera al pensamiento cual movimiento secundario y funcional del cerebro.
Isaac Newton[5] (1642-1727), primer científico británico nombrado caballero (Sir)[6], es quien da la estocada letal al cartesianismo de su época. En sus Philosophiæ naturalis principia Mathematica demuestra que el universo puede ser entendido mediante leyes matemáticas basadas en la observación, sin necesidad alguna de invocar substancias y demás pretensiones metafísicas. En De Gravitationi et aequipondio fluorum un escrito previo, ya ha golpeado severamente a la física cartesiana y sus basamentos[7]. Según Newton, solo puede hablarse de ciencia cuando se dan pruebas basadas en la observación y en los hechos. Aunadas a la famosa expresión Hipotheses non fingo[8], las críticas de Newton a Descartes, podrían ser comparadas –en terrenos de la teoría, aunque, desde luego, sin bajas mortales– con las derrotas del ejército francés en Blenheim (1704) y en Ramilles (1706); la analogía podría incluir, probablemente, a Waterloo (1815).
Con Kant (1985, 219), la substancia pierde toda posibilidad o excusa para ser tomada como una realidad que existe por sí misma[9]. Remite al fenómeno Es decir, se trata de una categoría o regla a priori del entendimiento humano, la cual se halla “bajo el título de las relaciones, más como condición de éstas que como conteniendo ella misma una relación”. Para simplificar la idea kantiana, el psicologismo[10] la reinterpreta –no sin atrevimiento– como una especie de estructura metal para ordenar en espacio y tiempo a los fenómenos.
Así decae el substancialismo del siglo XVII. Desde la perspectiva filosófica tradicional, ese declive se debe a contradicciones o debilidades internas, las cuales no hallan solución plausible. No puede descartarse que esa decadencia tenga deudas con el desarrollo de la ciencia experimental. Baste mencionar el uso del término en los inicios de la química.
Efectivamente, esa noción metafísica ha sido superada por una noción de substancia prohijada en terrenos de la química experimental. Ahí se convierte en referencia de una entidad operativa, medible y aislable en el laboratorio.
En el proceso teórico que va de una a otra merecen atención –aunque sea de soslayo– la alquimia y la iatroquímica.
Desde la Antigüedad, los alquimistas intentan incidir en los accidentes materiales (color, brillo, solidez) de tal forma que puedan llegar a la substancia pura o esencia. Esa fantasía sustenta las pretensiones de trasformar metales baratos en oro.
Pese a la falsedad de sus principios, los alquimistas inciden en el desarrollo científico. La razón de ello es práctica: para llevar a cabo sus proyectos, ellos inventan procesos como la destilación, la filtración y la cristalización; también dan uso experimental a los alambiques y aíslan substancias como el ácido sulfúrico y el alcohol. Eventualmente, la llamada iatroquímica (del griego ἰατρός: médico) o química médica de los siglos XVI-VVII también coadyuva en el decaimiento de la substancia metafísica. Los iatroquímicos la entienden como entidad dinámica y terapéutica, pues ven el cuerpo como un laboratorio viviente, en constante ebullición o fermentación. Por eso no extraña que, cuando explican los procesos biológicos internos, comparen los órganos con recipientes donde se producen reacciones químicas.
Considerado como el primer iatroquímico, el suizo Theophrastus Philippus Bombastus von Hohenheim (1493-1541), mejor conocido como Paracelso, niega los cuatro humores que en su tiempo se consideran substanciales. Él y sus seguidores oponen teorías químicas a las sostenidas por los colegas de su época[11]. No usan el término substancia en el sentido metafísico; y, por tanto, no conceden tal categoría a la sangre, a la flema, a la bilis amarilla ni a la bilis negra. Para ellos, se trata de substancias físicas; es decir, de fluidos biológicos que pueden ser tocados, vistos e incluso medidos en el cuerpo del paciente.
Más tarde, en El químico escéptico (1661) Robert Boyle (1627-1691) estropea aún más las substancias aristotélicas y alquímicas. Las redefine para denotar cuerpos físicos reales, que no pueden ser descompuestos en otros más simples. Propone entonces una noción de substancia que solo denota los elementos primitivos que, según entiende, forman la materia de todo el universo.
Más tarde, Antoine Lavoisier (1743-1794) introduce la balanza de precisión cual regidor supremo del laboratorio. Así da la estocada definitiva a cualquier posibilidad de justificar propósitos metafísicos con el término substancia. Vale recordar, brevemente, tres efectos de tan certero golpe.
1- Eliminación del flogisto. Antes de Lavoisier (1743-1794), se acepta la existencia de un ente substancial, invisible e imponderable denominado flogisto. Lo creen presente en todos cuerpos que pueden someterse a la combustión. Lavoisier demuestra, mediante uso de la balanza de precisión, que en realidad la combustión no libera dicho principio oculto, sino una combinación química con oxígeno. Pesados los materiales antes y después de ser encendidos, el peso se corresponde adecuadamente con la masa de aire absorbida.
2- Reemplazo de la substancia metafísica o mística de la tradición por una operativa y experimental. En su Tratado elemental de química (1789), Lavoiser destruye una tradición que, desde la antigüedad, propone como principios o esencias de todo a cuatro elementos: la tierra, el aire, el agua y el fuego. Frente a esa propuesta, él establece una definición operativa y experimental de substancia: lo que no puede ser descompuesto. O sea que si algo no puede ser dividido en el laboratorio, debe ser considerado como un elemento (p. ej.: el oxígeno, el hidrógeno o el azufre).
3- Ley de la conservación de la masa[12].Lavoisier establece que la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma. Demuestra que es imposible la creación o desaparición espontánea o mágica de materia alguna; porque los elementos químicos solo se reorganizan para formar nuevas substancias.
Pese al descrédito, la noción de substancia se mantiene en obras de ilustres filósofos posteriores. Ya se ha señalado el caso de Inmanuel Kant (1724-1804), quien no la rechaza sino que deja de concebirla como algo real e independiente, para redefinirla como una categoría del entendimiento.
Menos prudente me parece el enfoque de Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831). Aunque él acepta en su sistema dialéctico a la química y, en general, a las ciencias, también desarrolla una concepción en la que reverbera la metafísica. Desde su perspectiva, “todo depende de que lo verdadero no se aprehenda y se exprese como substancia, sino también y en la misma medida como sujeto”. En otros términos: “es en verdad real, pero solo en cuanto es el movimiento del ponerse a sí misma o la mediación de su devenir otro consigo misma” (1978, 15-16). Más aún, Hegel (1980, 23) entiende la substancia como sujeto “vivo”, cuya “transformación consiste en convertirse en algo más”[13]. En tal punto, resulta curiosa su analogía del capullo que se transforma en flor[14].
Contemporáneos de Hegel y autores posteriores a él mantienen la metafísica de la substancia. Por ejemplo, Johann Gottlieb Fichte (1762-1814), propone un Yo absoluto que funge cual substancia; aunque no en el sentido estático tradicional, sino como actividad pura y creadora. Según Fichte, el mundo y las cosas[15]son producciones o accidentes de dicha actividad.
Arthur Schopenhauer (1788-1860) dice que la “substancia se mantiene bajo el cambio de los accidentes: el ser cuya esencia consiste en la pura persistencia. Esta substancia real es la Voluntad” (2009, 320).
Con matices distintos, los filósofos románticos se aferran a una especie de substancia. Ejemplos interesantes se hallan en Friedrich Schelling (1775-1854), Georg Phillip Friedrich von Hardenberg –conocido como Novalis– (1772-1801) y Friedrich Schlegel (1772-1829). Ellos reformulan dicha noción para presentarla como Lo Absoluto: una entidad infinita, dinámica y viva que unifica el pretendido cuarteto ontológico de sujeto, objeto, espíritu y naturaleza.
El español Xavier Zubiri (1898-1983) piensa que la “substancia no es un sustrato inerte, sino la unidad de un sistema de notas constitutivas que definen la substancialidad de las cosas reales” (1962,145)[16]. Pese a eludir la tradicional substancia con nociones como entidades actuales o experiencias de cambio, Alfred North Whitehead (1861-1947) preserva su sentido metafísico, aunque la transforma en un organismo dinámico que se auto constituye en sucesivas relaciones causales. En Proceso y realidad (1978, 18) así lo afirma: la “entidades actuales […] son los verdaderos sujetos que portan la función de la antigua substancia”. Nicolai Hartmann propone la substancia como “categoría central de la ontología material, porque todo devenir presupone necesariamente algo persistente que deviene”. En su curioso intento de integrar la idea de Dios con la ciencia moderna, el estadounidense Charles Hartshorne – representante de la teología del proceso– propone un enfoque panpsiquista que equipara las substancias individuales con “unidades vivientes que experimentan” (1970, 88).
Mientras que la mayoría de los pensadores actuales desplazan la noción de substancia en favor de los procesos y las relaciones, diversos autores europeos y estadounidenses eligen reformularla. Desde corrientes como la ontología orientada a objetos[17], la filosofía analítica o el materialismo no reduccionista, el empeño contemporáneo por rescatar la substancia resulta sugerente y necesario, abriendo un debate imprescindible en la metafísica actual.
Pese a una tendencia dominante, que procura disolver los dualismos tradicionales, la filosofía italiana contemporánea ofrece excepciones notables que reivindican la substancia. Por un lado, Emanuele Severino (1938-2020) propone cierto retorno al monismo parmenídeo, al defender la eternidad de todas las cosas. Por otro, Vittorio Possenti (1938…) y la Escuela de Turín —liderada por Luigi Pareyson (1918-1991)— apuestan por un realismo clásico y procuran dar un fundamento ontológico trascendente a la libertad humana. A esa corriente se suman Giorgio Agamben (1943…), fuertemente arraigado en la metafísica aristotélica y medieval; también Maurizio Ferraris (1956…), cuyo Nuevo Realismo sostiene que el mundo posee una consistencia ontológica propia e independiente de nuestros esquemas mentales.
Hay otros pensadores destacados que, de una u otra forma, permanecen atados a la substancia metafísica. Graham Harman (1968…) defiende –frente a lo que considera reduccionismo– una especie de realidad profunda, autónoma, inagotable y subyacente en toda relación de los entes entre sí o con el observador humano.
Edward Jonathan Lowe (1950-2014), destacado defensor de la llamada metafísica analítica contemporánea y de un consecuente enfoque neoaristotélico, considera que las llamadas substancias particulares (junto con otras expresiones propias de la metafísica tradicional, como los universales y los modos) más que funcionales, resultan indispensables y fundamentales para estructurar la realidad. Jonathan Schaffer (1970…) piensa que el universo es la substancia primaria y fundamental (monismo prioritario) de la que se derivan todas las partes individuales. David Oderberg (1963…) es un neoaristotélico contemporáneo, que defiende noción de substancia como una realidad intrínseca y real.
A contrapelo de mi opinión y de bien fundadas objeciones, una defensa actualizada de la substancia resultaría fructífera en varios sentidos. Cabe aquí que algún lector evoque, mutatis mutandis, la analogía del cubito con que algunos dan sabor a sus caldos. Evito ese camino para no extender la lectura, pero arriesgo una invitación a ocuparse del tema con mayor profundidad. No para dar verosimilitud a lo irreal, como en el arte, sino porque, en las extensas geografías del pensamiento, este tema constituye un núcleo sugerente y polémico para ejercitar la actitud crítica, o al menos, una fantasía literaria para trascender las obstinaciones de revivir el pasado,
FUENTES CONSULTADAS
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[1] Aunque normalmente se escribe sustancia, utilizo aquí substancia –que también está aceptada por la RAE– porque gráficamente me parece más atinente en relación con el contenido del texto y, con sinceridad, me gusta más así.
[2]Asumo aquí, como otros fenomenólogos, la diferencia entre acto reflejo y acto reflexivo. Ambos son de segunda instancia, pero el primero se presenta como una respuesta estímulo-respuesta ciega y automática, mientras que el acto reflexivo es deliberado, es decir, voluntario en el sentido de que el sujeto se vuelve observador de sus propias vivencias. Husserl (1973, 45-52) desarrolla ese tema en sus Meditaciones cartesianas (particularmente en los parágrafos 14 (La corriente de las cogitaciones. Cogito y cogitatum) y 15 (Reflexión natural y reflexión trascendental).
[3] El jansenismo: movimiento teológico y espiritual de los siglos XVII y XVIII. Se desarrolla dentro del catolicismo a partir de ideas de Cormeli Jansenio (1585-1638). Se consolida en la Lógica de Port Royal (La logique, ou l´art de pensar -1600-), un tratado que funde armónicamente el pensamiento de Descartes con la teología jansenista. El jansenismo retoma ideas de Agustín de Hipona, sostiene la predestinación y la gracia de Dios; es moralmente radical y entra en duro conflicto con los jesuitas.
[4] «Señores, ¿qué es una substancia? —Es lo que está debajo. —Entonces lo que está debajo de un árbol es la substancia del árbol… ¿Pero habéis visto jamás esa substancia? —No, nadie la ha visto jamás… No conocemos de los cuerpos más que sus cualidades accidentes, y no su fondo o substancia. Hemos bautizado con un nombre a ese fondo desconocido, llamándole substancia; pero ese término es una pura etiqueta que inventamos para encubrir nuestra ignorancia, ya que de la esencia última de la materia no sabemos absolutamente nada» (Voltaire. (2023). Diccionario filosófico. Plutón).
[5] Ha sido considerado por Isaac Asimov (2017, 17) como “el talento científico más grande que jamás haya visto el mundo”.
[6] Le fue otorgado por la reina Ana de Gran Bretaña en 1705.
[7] De Gravitationi et aequipondio fluorum (Sobre la gravitación y el equilibrio de los fluidos), un escrito anterior a los Principia Mathematica, resulta demoledor por lo que Newton opone ahí a Descartes. Aquí las que me parecen más contundentes: 1- el espacio no es materia, 2- la acción a distancia –negada por Descartes– es posible (es decir, la fuerza de gravitacional es real), 2- el movimiento debe ser medido respecto al espacio absoluto (no al relativo cartesiano, que solo lo considera en relación con los objetos contiguos), el espacio es infinito y eterno.
[8] Newton se negaba a inventar explicaciones; afirmaba que solo pretendía describir cómo funcionan las cosas.
[9] “Las categorías son conceptos que imponen leyes a priori a los fenómenos y, consiguientemente, a la naturaleza como conjunto de todos los fenómenos” (Kant, 1984, 173).
[10] Considere el lector, dentro de esa tendencia, a varios autores, como Jakob Friedrich Fries (1783.1844), para quien la teoría del conocimiento (como la kantiana) debe ser una rama de la psicología experimental. Esa propuesta de Fries fue radicalizada por Friedrich Eduard Beneke (1798-1854), con su idea de que la filosofía solo puede ser psicología aplicada. Friedrich Albert Lang (1828-1875) llegó a entender el apriorismo kantiano como simple organización psico-física.
[11] El tema merece otro texto en las Perspectivas del Círculo de Cartago. Baste recordar aquí que los médicos de entonces ven la enfermedad como un desequilibrio de los humores; en cambio, Paracelso y sus seguidores la consideran como un desequilibrio químico, que puede ser sanado mediante compuestos elaborados en el laboratorio. La diferencia de concepto pareciera mínima, pero es más decisiva e interesante de lo que parece. Además de los cuatro humores, de la concepción anterior merece análisis la idea (de herencia antigua) de que hay cuatro elementos fundamentales basados en el macrocosmos: agua (frío-humedad), fuego (lo seco-el calor),tierra (lo frío-seco) y aire (lo seco-frío). Paracelso opone a ello la Tría Prima, basada en el microcosmos y que consta de tres elementos químicos: azufre (principio del fuego, la combustión y el alma), mercurio (principio del agua-aire, espíritu y volatilidad) y la sal (principio tierra, cuerpo físico, solidez).
[12] Demuestra esa ley experimentalmente; y así da una estocada definitiva a las teorías de su época sobre la substancia, ya fueran metafísicas o místicas. Primero, coloca una cantidad de mercurio, medida con exactitud, en un matraz de vidrio cerrado herméticamente. Luego lo calienta hasta hacerlo reaccionar con el aire del interior. Así consigue un polvo rojizo (óxido de mercurio) y luego comprueba que el peso del matraz no ha cambiado. El mercurio no ha ganado masa alguna; el aire se ha esfumado; simplemente, ambos se han combinado. Cuando abre el matraz, entra aire en el recipiente, para ocupar el vacío dejado por el oxígeno consumido durante la reacción química.
[13] Dice: Die lebendige Substanz ist ferner das Sein, welches in Wahrheit Subjekt ist oder, dasselbe ist, welches Wahrheit wirklich ist, nur insofern sie die Bewegung des Sichselbstsetzens oder die Vermittlung des Sichanders werdes mit sich selbst ist. (Hegel, 1980, 23).
[14] Dice: “Die Knospe verschwindet in dem Hervorbrechen der Blüte, und man könnte sagen, daß jene von dieser widerlegt wird…” (Hegel, 1980, 12)
[15] Los llama no Yo.
[16] En Sobre la esencia, sustituye la noción clásica de substancia con el término sustatividad que convierte en persubstancia, en tanto considera que esa especie de substancia mantiene la identidad, mientras se transforma.
[17] Object-Oriented Ontology, referida a veces como OOO.
B. Russell y su ICARUS. Un debate con el DAEDALUS de J.B.S. Haldane II Parte*
*Guillermo Coronado

J.B.S. Haldane
En esta segunda parte, se ofrece una breve exposición del DAEDALUS de J.B.S. Haldane para facilitar el contexto del enfoque de Russell.
Al inicio de su libro, Haldane plantea tres imágenes como introducción a su planteamiento de un posible caso contra la ciencia.
Las dos primeras corresponden a batallas de la Primera Guerra Mundial en que destacan nubes de gases negras y amarillas y unas pocas figuras humanas, en el año de 1915, cuyo origen podría estar en el uso militar de los gases de cloro, esto es, la guerra química. Recuérdese el papel de Fritz Haber (1868-1934) en la aplicación de la ciencia de la química a la guerra. Luego esta guerra química se enriquecerá con el Fosgeno y el gas mostaza en 1917. Y en 1918, la segunda. menos hombres huyendo de carros metálicos, esto es, tanques, con lo que interpreto se realizaría la intuición del carro de guerra de Leonardo Da Vinci. Los tanques, primero desarrollados por Inglaterra aparecieron en 1916, en septiembre, en la batalla de Sommes. Primero no muy confiables técnicamente, no resultaron solo impactantes militarmente sino también con gran impacto psicológico en el contexto de la guerra de trincheras que caracterizó a la Primera Guerra Mundial.
La tercera refiere a la India. Gran número de danzantes y tres europeos contemplando los cielos. Una nueva estrella en la Vía Láctea. Explicación del fenómeno… colisión entre dos estrellas o una estrella y una nébula… Sin embargo, se podrían ofrecer dos hipótesis alternativas. Juicio final de un mundo habitado, o tal vez un exitoso experimento en radio-actividad inducida.
A continuación, Haldane se ocupa del caso en contra la ciencia que se podría construir sobre dos fundamentos. .Primero, la de un Demogorgón o fuerza primordial de natural preracional que se opondrìa al enfoque racional de la ciencia. Segunda, al estilo de Samuel Butler y su visión del hombre como parásito de la máquinas, un apéndice del aparato reproductivo de enormes y complicadas máquinas que exitosamente usurparon sus actividades y terminaron por expulsarlo del control de su planeta. Luego “Is the machine-minded engaged on repetition-work the goal and ideal to which humanity is tending?” (DAEDALUS. 4-5). Si saltamos a nuestros días un peligro análogo sería el desarrollo de la Inteligencia Artificial.
¿Se podría detener la investigación científica por una reacción negativa suficientemente general? El autor hace énfasis en que la ciencia es realmente es una actividad muy reciente. Y agrega que en la Edad Media era casi imposible dada la opinión pública contraria a sus formas de pensamiento.
Al contrario de esa dicha posibilidad, Haldane considera que en el presente, los sistemas económicos y nacionalistas protegen a la investigación científica. El capitalismo, aunque no protege al trabajador científico, protege sus resultados como. Y el nacionalismo competitivo, aunque las guerras se controlasen no perdería las ventajas de la actividad científica. Haldane observa que el partido laborista impulsa la actividad científica, por ejemplo en investigación biológica.
Pero de manera más directa, Haldane plantea la pregunta de si se podría detener la investigación científica por falta de nuevos temas o problemas de investigación (ídem p8) Pero es claro que para él esta no es una tesis seria. Haldane anuncia que pronto mostrará lo mucho que falta por investigar en las ramas actuales de la ciencia.
Referencia a H. G. Wells, quien como profeta es muy modesto. Y está atrasado respecto a nuestro tiempo. Su enfoque responde a la física y química, pero ahora, 1924, Haldane considera que el centro de interés es la biología. (DAEDALUS, 9-10)
Seguidamente Haldane hace crítica de la física de ese momento y el enfoque idealista del espacio-tiempo de Einstein. Considera que la física está en un estado de incertidumbre por el sentido idealista del espacio y el tiempo en virtud del enfoque de Einstein.
Nuevamente ante el posible problema de una crisis del desarrollo de la ciencia por una carencia de vías de investigación, Haldane expresa su optimismo en las siguientes afirmaciones. “Developments in this direction are tending to bring mankind more and more together, to render life more and more complex, artificial and rich in possibilities – to increase indefinitely man´s powers for good and evil” — “But there are two prerequisites for all progress of this kind, namely continuous supplies of human and mechanical power”. (DAEDALUS, 20)
Respecto de la fuente del poder mecánico, Haldane señala que el carbón y el petróleo se acabarán en pocos siglos, pero ello no sería el colapso de la civilización industrial pues hay otras fuentes de energía mecánica. El agua no es una solución estricta por lo limitada geográficamente. Más bien, la salida estará en el viento y la luz solar. Claro se requerirán de poderosas baterías para almacenar la energía del viento y la luz solar de una manera tan conveniente como la del carbón y el petróleo, y en consecuencia transformarla en energía eléctrica que movería toda clase de motores.
Haldane ofrece una imagen de lo que sería Inglaterra dentro de cuatro siglos, cubierta con grandes filas de molinos de viento metálicos que accionarían motores eléctricos… cuya energía se transmitiría a estaciones, repartidas por toda el área, en que se aprovecharía para la descomposición electrolítica del agua en gases de oxígeno e hidrógeno. Estos gases se licuarían y se almacenarían para después volver a general energía para la industria, el transporte, la calefacción y la iluminación, según sea necesario. Los costos iniciales serían enormes pero luego se reducirían a niveles menores que los actuales a base del carbón y el petróleo. (DAEDALUS, 22-24)
Una interesante observación cierra esta exposición: “I may add in parenthesis that, on thermodynamical grounds which I can hardly summarize shortly, I do not much believe in the commercial possibility of induced radio-activity”. (DAEDALUS, 27) Desarrollos en los treinta años posteriores mostrarán que esta profecía no resultó muy acertada.
La química aplicada o industrial no ha producido invenciones impactantes, es más desarrollos en metalurgia y otros fueron desarrollos técnicos más que científicos. Haldane defiende la tesis de que las invenciones químicas estarán en el contexto de una química biológica.(DAEDALUS, 32) Una aplicación de la química sería la producción industrial de alimentos. Tarea crucial dado que los alimentos son producidos por las plantas y los humanos los obtienen consumiendo plantas o alimentos. Pero bien señala Haldane que la mayoría de las plantas convierten su azúcar no en celulosa que es digerible sino en almidón que no lo es. Los ungulados resuelven el problema mediante bacterias. Los humanos tenemos que hacerlo fuera de nuestros cuerpos. Para explicar el tema, clasifica las substancias deseables en dos clases. La primera son deseables por sus propiedades físicas o químicas, como sería el hierro, la madera, el vidrio. La segunda por las propiedades fisiológicas, tales como alimentos, bebidas, tabaco y drogas. Apunta como la cafeína y la nicotina tienen un uso universal entre los europeos, mientras que el cloroformo y la quinina tienen aplicaciones más restringidas. “I should be inclined to allow 120 years, but not much more, before a completely satisfactory diet can be produced in this way on a commercial scale” (DAEDALUS, 38)
En el campo biológico, Haldabe hace importante consideraciones en la página 42 de su texto. Seis invenciones biológicas. En la siguiente cita, Haldane clarifica el sentido o definición del concepto de invención biológica.
“By a biological invention I mean the establishment of a new relationship between man and other animals or plants, or between different human beings, provided that such relationship is one which comes primarily under the domain of biology rather than physics, psychology or ethics”. (DAEDALUS, 42)
Cuatro invenciones biológicas en tiempos prehistóricos, a saber, la domesticación de animales, la domesticación de plantas, la domesticación de fungi para la producción de alcohol, y el cambio de la posición en las relaciones sexuales. Dos invenciones recientes. Bactericidas y el control artificial de la concepción. (DAEDALUS, 42-43)
Haldane, a continuación hace unas observaciones muy interesantes, a saber que las invenciones se han interpretado como acciones contra los dioses. Y en forma más específica, las invenciones físico-químicas como blasfemias, mientras las biológicas como perversiones. (DAEDALUS, 46) También se apunta que Dédalo como el primer hombre moderno. Haldane también enfatiza que Dédalo planteó o demostró que el científico no está preocupado por dioses. .
Como cierre del DAEDALUS, Haldane hace una breve reflexión sobre la naturaleza de la ciencia a partir de tres dimensiones. “We must regard science then from three points of view. First it is the free activity of man´s divine faculties of reason and imagination. Secondly it is the answer of the few to the demands of the many for wealth, confort and victory, … gitts which it will grant only in exchange for peace, security and stagnation. Finally it is man´s gradual conquest, first of space and time then of matter as such, then of his own body and those of other living beings, and finally the subjugation of the dark and evil elements in his own soul” DAEDALUS, 81-82)
Bibliografía
Haldane, J.B.S. DAEDALUS or Science and the Future. Londres, Kegan Paul, 1923. Publicado también por E.P. Dutton, New York, en 1924. En esta edición americana, el texto es de 93 páginas más una página de introducción.

Haldane – DAEDALUS
Trece irrelevancias casi filosóficas*
*Álvaro Zamora
A Jorge Eduardo, a Mario y a Guillermo
¿Cómo sería la vida,
si le quitáramos el placer?
–Erasmo de Rotterdam–
1- El ser es y el no ser no es.¿Quién soporta todavía tan lógica irrelevancia?

2- En su República, Aristócles (427 a.C-347 a.C.) –mejor conocido como Platón (del griego Πλάτων: el de espaldas anchas)– instaura un determinismo metafísico irreverente, que otorga justicia al segregasionismo. Miembro de la aristocracia eupátrida (la de los bien nacidos), dicho ateniense concibió en todos un destino condicionado: cada cual debe ser y cumplir un afán prefijado en su alma. Originalmente iguales en cuanto a racionalidad e inmortalidad, las almas sufren un violento proceso de encarnación y caída. Ahí reciben, de ciertas divinidades menores, la ira y la concupiscencia. Se distinguen entonces las voluntades naturales del esclavo, del guardián, del filósofo gobernante. Es cierto que, según aquel filósofo, el ahínco ontológico, psíquico y moral así preestablecido en cada cual puede cambiar, más no en la vida pública donde se ubican en un momento determinado (cfr. mito de Er, que es muy sugestivo). Quizá Platón se adelanta en cierta forma a la libertad existencialista, pues esa elección original del alma está condicionada por el mundo, pues se imponen a ella los méritos y errores de encarnaciones anteriores. Tras morir su cuerpo y antes de habitar en otro, inclinan decisión por alguno de los tipos de existencia. Con tal argucia Platón garantiza dos creencias: 1- la virtud no tiene dueño, aunque todos la ejerciten; 2- Dios no es responsable por las decisiones del hombre.

La justicia concomitante exige que cada cosa y persona estén donde les corresponde. Por eso, la condición y las obligaciones sociales del esclavo le parecen a Platón, como a su clase de entonces y a muchas posteriores, justas, naturales. Así las de quienes son regidos por almas de guerrero o de gobernante. Es decir, lo justo no es dar a todos de lo mismo o algo semejante, sino equilibrar armónicamente el todo. Que cada uno cumpla lo que le toca, aunque la parcela de su vida sea muy dolorosa, opresiva y terrible. Trastocada en política y justificación de la violencia, tal convicción alienta en Platón ostensible desprecio por la democracia. Dichosamente, cuando Whitehead afirma que toda la filosofía europea consiste “en una serie de notas al pie de página de Platón (cfr. Process and reality) no adopta ni favorece del viejo ateniense tal psicopolítica determinista. Paradójicamente y en contrario, el matemático anglicano ha nutrido filosofía en favor de la libertad y de la democracia parlamentaria.

Alfred North Whitehead (1861-1947)
Por siglos, ideologías políticas parecidas a la platónica han motivado violencia de voz y hecho, tanto como guerras y demás conflictos humanos. Ideopolítico esencialista, Platón deambula todavía por el mundo. Hoy parece una sombra o inspiración en predios cotidianos de la patria. Se ha atestiguado cómo abrumadora mayoría de votantes apoyó a la mujer que prometía derruir de los ciudadanos las garantías individuales. Sin evaluar consecuencias –quizá presa del fanatismo– la masa no valoró, entendió ni quiso que el país mantuviera la libertad de expresión ni el derecho a la seguridad personal, a la inviolabilidad del domicilio propio, al derecho para circular por las calles y los campos libremente. Tampoco estimó como natural –o al menos necesario– el derecho a reunirse con amigos, comunicarse con ellos sin intermediarios o coacciones.
Laureadas sean por los dictadores y por quienes padecen el síndrome de Hubris (también conocido como hybris) aquellas almas que, en tropel, invocaron tan abigarrada servidumbre y prospectivas ansias.
3- La felicidad aristotélica parecía derrotada, definitivamente, en arduos campos de la Revolución Industrial. Más de un siglo después, epígonos del neoliberalismo ratificaron su deceso aunque, como hicieran capitalistas y filósofos de aquella Revolución, la muerte solo afectó a la porción de felicidad con que deberían contar los desposeídos, que en mayoría muy desproporcionada por doquier se agrupan todavía. Celosos de tan abrumadora conmoción de la histórica dialéctica, fanáticos de La Izquierda inventaron una Felicidad más cierta, materialista y esperanzada que la del estagirita. Advirtieron, sin embargo, que solo es realizable en predios de su profetizado futuro. Ahí será completa, irreversible y democráticamente dictatorial. De formas diversas y abundantes se han ocupado ellos mismos –mientras tanto y con mayor saña o víctimas que en los mitos griegos– de violentarla y zaherirla hasta el estertor sino la muerte. Del Lado Derecho llueven alegorías, sonrisas y juicios muy hipócritas contra tales evidencias de la praxis. Moral, paz y guerra de unos u otros siguen lacerando el mundo entero.

4- La metafísica medieval es maravillosa, edificante, divina. De su inmenso legado perduran más escritos que el respeto debido a las virtudes teologales. La obra del Doctor gratiae –Agustín de Hipona (354-430)– resulta ejemplar. De la patrística merece atención Orígenes (185-254), con obra inmensa, pero de cuya cantidad mucho se ha extraviado. Dote literaria de tal factura han dejado Juan Crisóstomo (349-407), Jerónimo (347-420) y Gregorio El Grande (540-604). Millones de páginas se presumen también en la escolástica. El mejor ejemplo es, sin duda, la obra de un tal Tomaso d´Aquino (1224/5-1274), conocido entre compañeros de estudios como Buey Mudo y, más tarde, honrado con apelativos como El Aquinate, Doctor Angélico, Lumbrera de la Iglesia e incluso Doctor de la Humanidad. Comparable en agudeza argumentativa con él, Francisco Suárez (1548-1617) –el Doctor Eximius– ha sido víctima de cierto olvido o descuido inexplicable. Sus escritos son enormes en extensión y agudeza. Perduran también casi cuarenta volúmenes de un dominico llamado Alberto, hombre de fe muy inteligente, conocido como El Magno (1193 o 1206- 1280). No deben obviarse decenas de tomos cuestionados por el papa o sus especialistas en doctrina. Entre otros, se destacan los de Joachim de Fiore (1135-1202), los de Marsilius de Padua (1275 o 1280-1308) y los de Jans Hus (1372-1415). Más conocidos y peligrosos fueron considerados los del Venerabilis Inceptor Guillermo de Ockham (1287-1347), que también son abundantes. En fin, la cantidad de autores y de sugestivas páginas medioevales es inmensa. También es coercitiva y autorreferencial, como el psicoanálisis contemporáneo. Discurren en sus páginas versiones diversas de una teología irremediable, poblada de armas para la disputa o la guerra, para condenar herejes a la hoguera, para deshumanizar al disidente. De haber subsistido su eficacia, aquellas ficciones nada envidiarían hoy a las novelas, a la ensayística ni a juegos sintéticos de pretendida inteligencia que circulan por doquier. Conviene advertir, pese a su decadencia, que algunos enarbolan todavía sus pendones. Pecan de envidia, seguramente, pues ya no pueden emular a los antiguos sicarios del régimen ni a sus patrocinadores.
5- La Utopía de Tomás Moro (1478-1535) es admirable. Sus lectores topan en ella con algo ingenioso y procaz: imponer al futuro, como posibilidad emancipadora o libertaria, un modelo opresivo cuyos fundamentos reales han sido superados, para bien o para mal, por la realidad económica, política y, en general, por todas las estructuras sociales de su época.

De Moro fue notable la inteligencia en temas filosóficos, teológicos y de la diplomacia; también una lealtad inquebrantable por el papa y, a la vez, por una religión que, en sus días, ya acumulaba crímenes más horrendos que las infidelidades y la impune altivez de Enrique VIII (1491-1547).
6- A René Descartes (1596-1650) –mencionado a veces como Renato e incluso como Renatus Cartesius) le deben, por sus rupturas creativas con la tradición, muchos escritores tanto como los profesionales en filosofía y otros investigadores de la verdad. Que haya escrito en lengua vernácula es un tema casi literario, además de ideológico e incluso político. Lo otro también es inmenso, pero se elude aquí con intención irreverente, para atender solo a una minucia: dos alemanes descubren en o sobre Descartes tópicos diferentes y curiosos. Edmund Husserl (1859-1938) es uno de ellos. Él denuncia en el cogito cartesiano otro, que es pre-reflexivo; quizá resulta más cierto y fundante que el apuntado tras la famosa duda metódica del francés. Ese aporte husserliano a la filosofía debe parte de su impulso al psicólogo y filósofo Franz Brentano (1838-1917) con la nutrida idea, entre otras, de que toda conciencia es conciencia de algo. El otro alemán que aquí interesa se llama Eike Pies (1942-…). Frente a una versión romántica y aceptada tradicionalmente, según la cual Descartes muere a causa del frío apabullante de Estocolmo, Pies propone la hipótesis de un asesinato (cfr. 1966, Der Mordfall Descartes: Dokumente, Indizien, Beweise.Verlag E & U. Brockhaus). Funda tan atrevido juicio sobre una carta de cierto Johann van Wullen (1615/16-1658). A la sazón, ese fue el médico cortesano que atestiguó la agonía del filósofo. Según Pies, lo escrito en la misiva de van Wullen no encaja con los síntomas de una infección pulmonar causada por el irrespetuoso clima sueco; sino por una intoxicación aguda debida a la ingesta de arsénico. Aventura Pies acusación contra François Viogué (también recordado como Jacques) de quien no parecieran haberse registrado las fechas de nacimiento y muerte. Era un misionero católico que fungía en Suecia como capellán de la embajada francesa. Según Pies, Viogué habría temido que las ideas modernas de Descartes arruinaran sus esfuerzos para que Cristina de Suecia (1626-1689) abdicara y se convirtiera al catolicismo.
Husserl es un alemán cartesiano muy conocido y celebrado por abrir puerta a los extensos campos de la fenomenología. Lo del Dr. Eike Pies, aunque parece coherente y deudor de cierta consistencia indiciaria, no parece mover mucho el criterio de universitarios e historiadores de la filosofía. Ojalá los literatos destinen a su herencia ficciones con ribetes filosóficos; tan ricas y sugestivas como la novela dedicada por Eco a un tal Guillermo.
7- De Nicolás Malebranche (1638-1715) hoy se habla poco. Pero si su filosofía se considerara como tópico literario, podría resultar muy atractiva temáticamente en nuestra era. Suponía ese pensador cartesiano que Dios es un trabajador tan incansable como necesario. Toda la realidad, cada detalle, cada hecho en la dimensión y la velocidad posibles se realiza solo con ocasión de sus intervenciones. Original fantasía para resolver la relación causal entre una pretendida sustancia material y la otra, que es o se supone como algopensante. Según Malebranche, cuando esa res cogitans desea mover el brazo de su cuerpo, Dios –si así lo quiere– encuentra inmediatamente la ocasión para ejecutar tal movimiento en el mundo físico. Es cierto que a veces no quiere; todos lo saben, especialmente los ancianos y muchos enfermos. El verbo poder, en tales casos, no se pone en duda; aunque resulte difícil entender la moralidad de tal abulia divina. Quizá sea irreverente advertirla porque, pese a las bondades cristianas de Malebranche, podría interpretarse –no sin invocar furia de los creyentes– que El Altísimo tiene preferencias y que, según infinidad de ejemplos en todo el mundo y las épocas, promueve cierto sectarismo odioso entre sus criaturas. No pueden atribuirse tales voluntades divinas al error; mucho menos a una secuela del cansancio; el Dios de Malebranche es tan perfecto e inagotable como el de cualquier otro católico.
La escena poscréditos de Los Boxtrolls (2014, LAIKA) –película animada mediante las técnicas fotograma a fotograma (stop motion) y GCI (tecnología digital)– funciona, entre muchas otras cosas, como un ejemplo del racionalismo malebranchiano. Mientras limpian el entorno, dos personajes dialogan sobre el libre albedrío.
Creen, en principio, que parpadean, se mueven y gesticulan por iniciativa propia. El espectador es cómplice de ellos pero, de pronto, la cámara se aleja para mostrar, en proyección simultánea de lo real y de la ficción, que los personajes actúan con ilusa autonomía. Travis Knight –operario real de la empresa cinematográfica– es grabado en un plano de realidad que los actores animados no perciben. Su mano mueve todo lo que se observa, segundo por segundo y milimétricamente, como hace con su mundo la Causa Primera de Malebranche. Casi al final, uno de esos seres animados parece intuir la irreverencia racionalista contra su libertad personal. Ojalá muchos seres reales emularan tan afinada intención.
8- En su Monadología, discurso de metafísica, Leibniz (1646-1716) advierte (§ 11) que ninguna causa externa puede o podría influir de forma alguna en las mónadas. Define tales entidades (§ 1-3) como substancias simples, es decir, sin partes, “extensión, ni figura, ni divisibilidad posibles”. [1] Pese a toda excusa en su favor, sería prudente indagar si, en el mejor mundo de todos los posibles (los cuales, de no ser infinitos, al menos se ofrecen tan incontables o indeterminados como los libros de la biblioteca borgeana) tal definición impone la idea de que Dios es –o debe ser– en todas ellas y en cada una. O quizá deba entenderse de una vez por todas que Él, pese a ser su ingeniero y de ser todopoderosísimo, carece de facultades para imponer a las mónadas la voluntad omnisciente de su arbitrio.
9- Lleva razón Inmanuel Kant (1724-1804), cuando niega al juicio de gusto aquella autonomía que ha concedido a los juicios de la moralidad.
Lamentablemente, en su Kritik der Urteilskraft acuña la noción espantosa e imprecisa de lo sublime. Pese la depurada virtud analítica y expositiva del filósofo, esa recaída en la metafísica resulta tan estéril que ni siquiera ha podido ser superada eventualmente por Walter Benjamin (1892-1940), con su vaga, difusa pero muy celebrada noción de aura. Acaso lo sublime sea menos comercial o irreverente que tal aura. El neologismo de Benjamin, menos complejo y bien diseminado entre marchantes y columnistas de revista, ha servido para vender sobrada falsedad en todo el orbe.
10- Con típica arrogancia y evocando la distinción entre su cuaderno azul (1933-34) y el marrón (1934-45), Wittgenstein divide la obra de Bertrand Russell (1872-1970) en dos. Opina que una parte, dedicada a lógica matemática, debería encuadernarse en rojo; para el resto de los escritos russellianos recomienda un empastado azul. Según el autor del Tractatus, con lo encuadernado en rojo debería ejercitarse una obligada lectura filosófica. Cháchara le parece lo que Russell dedica a la ética, a la política y a otros tópicos de corte humanístico. Por eso, recomienda que nadie lea esa faceta escritural de Russell. Contra Wittgenstein hay debería afirmarse que, lejos de toda frivolidad, esa ración filosófica de Russell resulta impostergable e invita a la reflexión. Hay que festejarla, aunque no se llegue a un acuerdo con todo lo que él afirma. De la obcecación de Wittegenstein y parte de sus acólitos podría esperarse una censura –sino la destrucción total– de la literatura universal. Cumplida tal meta, esperarían ellos, con ilusión de infantes, que nadie nunca jamás de los jamases vuelva a caer en la tentación de confundir un poema con los argumentos válidos; ni una ficción narrativa con su presunción de verdad. Irreverencias de calaña semejante no deben denostarse, basta obviarlas. Pese a ellas, Bertrand Russell se halla en lista con los filósofos extraordinarios de Occidente. No es un sabio, sino un amante sincero e impúdico de la sabiduría pues, aunque no sabe todo, carece de recato o vergüenza cuando intenta unirse a ella, pese al reconocimiento de limitaciones propias.

11- Seguramente, G.W.F Hegel (1770-1831) hablaba con mayor elegancia y atino que como escribía. Quizá por eso los universitarios iban a sus clases, en lugar de ir a las del huraño, arrogante y misantrópico A. Schopenhauer (1788-1860). De los textos esenciales escritos por Hegel, la mayoría es tan abstrusa o desatenta con el lector, que autores rigurosos como H. Lefevbre (1901-1991) y H. Marcuse (1898-1979) ofrecen de ellos explicaciones muy dispares entre sí. Letra distinta puede escribirse respecto a libros suyoscompilados y publicados a partir de transcripciones hechas por terceros, como es el caso de la Estética o de las Lecciones sobre historia de la filosofía. Algunos profesores de ayer y de hoy ahorran el esfuerzo de releerLa fenomenología del espíritu, cuando preparan conferencias o las sesiones de un curso sobre ella. Se escuchan luego consistentes, claros y –si dominan aquella elocuencia a la que Aristóteles y los seminaristas dedicaron lecciones de retórica– pueden ser considerados, por algún ignaro de su audiencia, cual eruditos; aunque, lejos de exponer doctrinas de Hegel, estén seduciendo al oyente con dictados de Lefevbre o de otro intermediario doctrinal.
12- Que pensaba contra sí mismo no hay duda: Jean-Paul Sartre (1905-1980) revisaba lo escrito por él en el pasado, reenfocaba sus ideas, rompía contra sí presuntas certezas con las que ya había convencido a sus acólitos e incluso a sus detractores. No obstante, es verdad que hay una línea fundamental o básica que él tiende, transversal, desde sus inicios hasta algunos días anteriores a su fallecimiento. Le sirvió para oponer crítica corrosiva contra pensadores que, paradójicamente, mucha influencia tuvieron sobre él, como E. Bergson (1859-1941) y el mismo E. Husserl (1859-1938), M. Heidegger (1889-1976), Kant y Hegel, incluso frente a S. Kierkegaard (1813-1855). También la usó para proponer alternativas teóricas dentro del marxismo y contrariar a reputados ideólogos como G. Lukács (1885-1971) o R. Garaudy (1913-2012); así al idealismo dualista y al realismo epistemológico de todos los bandos. Al final de su vida, ejercitando ese derecho a pensar en contra propia, Sartre hombre parece desdecir al Sartre filósofo. Al menos así lo ha pretendido su secretario Benny Lévy (conocido también como Pierre Victor –1945-2003–) y su hija adoptiva Arlette Elklãim-Sartre (1935-2016); aunque Simone de Beauvoir (1908-1986) y otros sartreanos ven en todo ese episodio un acto de mala fe. Es cierto que el deteriorado Sartre recurre a un entramado ideológico que hábilmente le ha planteado en sus días finales el mencionado secretario. Pero a contrapelo de tal hecho; ya sea por error o por buscar una analogía plausible, la presumible traición ideológica no está del lado enemigo, sino en la esquina de Sartre. Debe ser advertido, sin embargo, que la quimérica metamorfosis ideológica no sería tan radical como algunos pretenden. Pese a la irreverencia ejemplar en contra de su pasado filosófico y de sus allegados, el decrépito anciano nunca desvía su noción de libertad ni desecha sus fundamentos. Él mismo atenta contra toda intención del momento para romper El ser y la nada y otras de sus obras fundamentales. Bien había establecido ya, en textos de Situaciones, en ¿Qué es la literatura? y en los tomos dedicados a Baudelaire, Jean Genet y Gustave Flaubert que él, como cualquier artista o escritor, no tiene acceso privilegiado al significado total de su producción; menos a sus consecuencias. Toda obra desplaza a su gestor. No solo porque expresa estructuras de la realidad y del pensar que trascienden los motivos íntimos de cualquier pluma, sino porque lo publicado ya es un objeto del mundo. No se deja de ser padre por abandonar al hijo; pero la vida del hijo también se enajena del padre, aunque a veces no lo parezca. Se puede querer u odiar a Platón, pero lo que importa profesionalmente es su obra; así la del Aquinate o la de Einstein. Un berrinche contra lo hecho resulta evaluable y muchas veces es prudente; pero verba manent se le impone irremediable, como el infierno de Huis clos a sus personajes. En terrenos filosóficos –que no vivenciales ni psicológicos o médicos– se entiende cómo hasta en el ocaso de sus días Sartre sostuvo, con firmeza, que el devenir histórico y el destino individual constituyen tareas genuinamente humanas, emancipadas de cualquier designio divino. A quien mayor interés despliegue por su vida personal y por sus vicios, le resultará fascinante la biografía que le dedica Annie Cohen Solal; quizá también las enamoradas cartas dedicadas a un Castor, que se han publicado en dos tomos (T.I: de 1926 a 1939; T. II: de 1940 a 1963).
13. El epígrafe.
[1] Es folget aus dem bereits beigebrachten Satze, daß die natürlichen Veränderungen derer Monaden von einem innerlichen Principio herrühren; weil eine äußerliche Causa in ihr Innerliches keinen Einfluß haben kann. Cfr. Leibniz, G. W. (1998). Monadologie (Französisch/Deutsch) (H. Hecht, Trad. y Ed.). Reclam.


